Lunes 22.12.2008
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Lo mejor y lo peor de Manuel Fraga era su apabullante humanidad. Fue inabarcable, desbordante e infinito. Un hombre que, con su desaparición, quebró el molde. Es posible que en décadas, o siglos, la naturaleza no aportará otro igual. A Fraga se le amaba o se le odiaba a partes iguales. No dejaba indiferente a nadie y, por eso, algunos, indocumentados o ciegos, quisieron callar su sombra poniendo bombas en su modesto retiro de Perbes, ahogando su busto en el río en Vilalba, su cuna, o volando su casa natal a la sombra del castillo de los condes. Era tan inmenso que un día se plantó en el desierto de Libia para tomar el té en la jaima de Gadafi. Tan espontáneo que llevó dos mil gaiteros al Obradoiro ante el pasmo de radicales que creían que la gaita era sólo de ellos. Tan snob que llegó de la corte de San Jaime tocado con bombín tras su gestión como embajador. Tan potente que se bañó con el americano en la radiactividad atómica de la bomba de Palomeras. Tan señorial que el Rey no le dio título alguno ni falta que le hizo porque él los reunía todos. Tan inabarcable que refundó la derecha del país, le dio biberón y vitaminas para superar la Transición y la llevó, al fin, a la gobernación, de la mano de Aznar, y ahora, de la de Rajoy. Tan popular que pasaba de escribir libros a jugar al dominó con los paisanos. Tan directo que fue el primero en utilizar los garbanzos como dialéctica parlamentaria y el manda carallo en La Habana como remate argumental. En fin, tan humano que, al final de sus días, convertía la emoción en lágrimas y la palabra inacabada en adorno. Cuando el viento nordés ataca las costas gallegas, vuelven los dioses celtas para llevarse a los mejores.
Este xaneiro seco, friolento y desangelado se llevó a Isaac Diaz Pardo que, como el Dios de la Biblia, creó el hombre con un puñado de arcilla de Sargadelos, y ahora a Fraga que inventó la convivencia. Se saludarían, delante de Santiago el Apóstol, estando presentes el maestro Mateo del Pórtico, Xelmírez el papa gallego, Montero Ríos el jurisconsulto, y hasta Odoario que plantó viñas y pomares en la Roma lucense del octavo siglo.
Sin Fraga el país será distinto. Acaso habría que decir con Aristóteles que todos los hombres con talento han sido melancólicos. Pero también Cervantes creía que más vale la pena en el rostro que la mancha en el corazón. Andará, pues, don Manuel, curioseando las estancias del otro mundo y poniendo pegas a San Pedro. Y no tengo más que decir. Le achacaron que la calle era suya. Pero la compartió con todos. Llevó el gallego de la Chaira al Parlamento, hizo estradas para comunicar el aislamiento, e imitó el bronco mar galaico, bamboleándose como una dorna, en los acantilados del finisterre. Hagan un sitio para él en la Historia al lado de Breogán.
(*)El autor es director de la Casa de Galicia en Madrid

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