Lunes 22.12.2008
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En la Universidad se viven días inciertos, entre restricciones financieras, renovaciones dicen que pedagógicas y una progresiva falta de motivación. Sin embargo, cada día nos enteramos por los medios de que hay personas supuestamente dispuestas a entrar en un proceso electoral para tomar las riendas de los rectorados, pongamos como ejemplo el de la USC.
Dadas las circunstancias, todas ellas adversas, se mire por donde se mire -a condición de despreciar como se merece esa alianza retórica entre excelencia y medios, la apuesta por el conocimiento, contemporánea rueda de molino que la sociedad traga con inconsciencia-, sólo una abnegada vocación de servicio debe estar tras tremenda disponibilidad. Y lo digo sin asomo de ironía, porque para mí ya es admirable que los colegas se postulen para responsabilidad tan ingrata, por más que arrastre honores. Y escasos, dada la tradicional falta de respeto de la sociedad por la ciencia y la cultura, y la inflación de universidades y, por ende, de rectores.
Sin embargo, pensándolo mejor, quizá esta inopinada avalancha obedezca a algo distinto y, a mi juicio, más grave, porque es palpable la gran desazón que coincide con el cambio de siglo y, en cierta manera, de paradigma de la educación superior. La obsesión por la empleabilidad, reflujo de estudios persistentemente ajenos a la sociedad, ha llevado a normas y a incentivos que arriesgan el corazón mismo de lo universitario: aprender a pensar, dudar metódicamente, también enseñar para la profesión. Pero tanto o así, no primordialmente.
Las evitables convulsiones de las sucesivas y frecuentes reformas en la Enseñanza Secundaria han añadido malestar por la vía del descenso de la calidad media. Los errores de estrategias pasadas, aumentando incomprensiblemente la oferta de instituciones universitarias a lo largo y ancho del país, han arrojado sobre la penuria universitaria el lastimoso reparto de la estrechez actual, justo cuando el indispensable rol de la investigación es un vector crítico del progreso material y humano. Por eso me atrevo a pensar que mis intrépidos colegas se han cansado de aguantar pasivamente y se deciden a ser protagonistas.
Sólo una pregunta, que quizá traiga causa de aquellos tiempos de Von Humboldt: ¿se podrá reformar la institución sin cambiar antes el espíritu? Después de contestar, quizá merezca la pena consultar la contabilidad.

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