Lunes 22.12.2008
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HAY hombres que gobiernan países y otros que van más allá y los construyen. Aparecen en encrucijadas decisivas en las que se juega el destino de un pueblo. Tienen un fuerte carácter, mezclado casi siempre con un profundo sentimentalismo que asoma en cuanto el titán se descuida. Ejercen de padres de una comunidad que en ese momento precisa de valores claros para no perderse en medio de la bruma. Son los Churchill, los Adenauer, los De Gaulle. Es Manuel Fraga.
Todos ellos tienen un marchamo común que los distingue de otros dirigentes. Se sabe que sin su presencia en la historia, la historia hubiera sido diferente. Un Reino Unido tal vez derrotado.Una Alemania sumida en la postración posbélica. Una Francia con el orgullo perdido tras la infame ocupación. Su misión es la del príncipe del cuento que besa a la princesa y la hace despertar de un sueño profundo. Después, nada es igual y la sombra de su liderazgo queda como el recuerdo más hermoso de los países, casi convertido en parte de las leyendas.
Don Manuel es de esa estirpe. No entra en la historia de Galicia; la cambia. No se limita a gobernar según los estándares oficiales; insufla en sus paisanos una autoestima que se estaba perdiendo en el marasmo de un autogobierno desnortado. Entendió que su tierra no solo precisaba de carreteras, escuelas y autovías, sino también de un espíritu nuevo que hiciera del gallego un ganador. Nunca tuvo la Negra Sombra un adversario más tenaz. La ahuyentó para siempre con la misma autoridad con que hacía callar al interlocutor impertinente. Su fuerza estribaba en una comunión íntima con la gente que muy pocos han logrado, y que no puede explicarse como la adhesión a una sigla.
Galicia era de Fraga porque Fraga era de Galicia. Galicia había dado el político más importante del conservadurismo español después de Cánovas. Coautor de la transición, conductor de la derecha hacia la democracia, creador de un partido unido y sin capillas, don Manuel no necesitaba nada para poner un broche de oro a su biografía. El retorno a su tierra es un arrebato de los suyos, una decisión con escasa lógica para cualquier político calculador, un riesgo. Suponía recorrer a la inversa el camino que otros habían seguido desde la patria local a las alturas de la política de Estado. Él cambia la Corte por las corredoiras, como queriendo recuperar de golpe el tiempo perdido.
Se sumerge en Galicia, va y viene al igual que un político trashumante que no se cansa de conocer el paisaje humano. Pocos gallegos habrán quedado sin haber sido saludados por él en alguno de sus viajes fugaces por la geografía del país. Ellos eran la pócima mágica que le permitía después internarse en los vericuetos del poder sin perder nunca el rumbo. Como los demás dirigentes que fundaron países, don Manuel supo llegar, supo estar y supo irse con una dignidad que agranda su mito. Fue un honor conocerlo.

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