Jueves 29.01.2009
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Un hecho notable es la desaparición de las personas en el debate idiomático. Se habla mucho del gallego como idioma, y poco del gallego como individuo, dando a entender que el idioma posee unos derechos, mientras que el ciudadano es un sujeto pasivo. Este cambio en las prioridades es sintomático del miedo que tienen algunos normalizadores a la libertad.
Lo expresaba con crudeza un pensador cuyo nombre no viene al caso, indignado ante la posibilidad de que los padres y alumnos tengan capacidad de optar en este asunto. Tampoco se les da a elegir si quieren aprender a sumar y restar, dijo. Aparte de grotesca, la equiparación es muy reveladora del despotismo lingüístico que practican algunos: todo por el gallego, pero sin los gallegos. He ahí la raíz del problema.
El fracaso de la vigente normalización, del cual dan fe declaraciones como ésta, procede de haberle dado la espalda al factor humano. Se aplicó un modelo pensando más en revanchas históricas, en ajustes de cuentas con lejanos agravios, o en lo que hacían otras comunidades, que en la Galicia de verdad. Galicia respondió con la indiferencia o la pura hipocresía. Lo normalización abusiva se soporta, pero no se comparte. Para comprobarlo, basta con darse una vuelta por el país sin anteojos ideológicos. ¿Qué fruto ha dado la porrada de recursos invertidos en normalizar? ¿Qué comportamiento idiomático tienen las generaciones que ya han sido educadas con o en gallego? Hasta los mismos activistas lo admiten cuando denuncian el retroceso del llamado idioma propio.
Si todas las pruebas del fiasco no hacen reflexionar, es porque la normalización se ha blindado con una ideología de la que se excluye a las personas. La ideología desplaza a la sociología y relega a un lugar secundario a la pedagogía. Porque no vale defender el vigente estatus en la escuela con el único argumento de que el gallego está en peligro y el castellano a salvo.
La preservación de la lengua es una de las misiones del sistema escolar, pero no la primera. Antes que ese cometido, la enseñanza tiene el de enseñar, y para enseñar como es debido el alumno no puede verse constreñido por una ortopedia idiomática que se pone al entrar en clase y se saca al salir. Es algo elemental, que los normalizadores de antaño compartían totalmente.
Tenían toda la razón cuando tachaban de aberrante que un neno labrego cuya lengua familiar era el gallego y se relacionaba en gallego con sus amigos fuese abducido por el castellano al sentarse en el pupitre. ¿Por qué no seguimos aplicando ahora esa misma teoría? Porque la ideología contamina por completo la controversia.
Tanto es así, que los fanáticos de turno distorsionan el debate para convertir en defensores del gallego a quienes lo imponen con malos modos, y enemigos del gallego a los que reclaman una normalización que contemple la libertad. No toleran al discrepante, ni son capaces de tejer un razonamiento en el que no haya decalificaciones, o donde no asome la consabida amenaza de rotundas movilizaciones.
Desde luego que poseen toda la legitimidad para hacerlas, e incluso para iniciar un nuevo Nunca Máis contra un supuesto Prestige idiomático. En algo hay que entretenerse. Pero por muchas vueltas que le den, tienen miedo a la libertad, y aborrecen en el fondo el comportamiento lingüístico de sus compatriotas. Que el gallego escolar se equipare a las matemáticas, es la mejor prueba de que perdieron el norte.
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