Domingo 07.02.2010
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Los romanos registraban los días faustos con piedras blancas y los infaustos con piedras negras. Hoy bien puede registrar Mariano Rajoy el 25 de febrero con una piedra blanca; este día es suyo, y lo puede disfrutar con toda legitimidad, pues su triunfo en el debate televisivo fue de plano, total, dejando a ZP con su psiquis -y su espejo- en deslucida desnudez, aunque sus partidarios le vistan con edulcorado disfraz.
Rajoy venció limpiamente, sin aspavientos ni alharacas, a ZP. Se impuso la sobriedad de la razón, con argumentos irrefutables, frente a la vaciedad y la bobaditas retóricas; el sentido común frente a las manías y el disparate. Se impuso la virtud, el conocimiento, frente al enanismo intelectual y la pueril invectiva. Y se impuso la verdad frente al sectarismo y el infantil intento de querer confundir y engañar. A Rajoy se le vio tranquilo, sabiendo lo que decía, mientras que ZP se mostró tenso y marrullero. Además, Rajoy supo manejar con maestría el humor, la coña marinera, que tanto le identifica como gallego en ejercicio. A ZP le ha sucedido lo que dice un clásico proverbio latino: Qui fodit foveam, incidet in eam (El que cave un hoyo, caerá en él); quiso crispar deliberadamente la campaña electoral, tomando por idiotas a todos los españoles, y con ello descubrió el hondón de su tremenda y peligrosa ineptitud, y es que la insensatez es el hoyo profundo, la sepultura, de los políticos triviales y veleidosos.
Pero el que haya ganado brillantemente esta batalla televisiva no quiere decir que Rajoy tenga ya ganada la guerra. Todavía le espera un segundo mano a mano, en el que, en términos taurinos, tiene que rematar a ZP con un elegante volapié hasta la empuñadura, una estocada que deje en ridículo la inventada bravura del bicho. Si lo consigue, habrá ganado la guerra y el 9-M le abrirá la puerta grande de la Moncloa para que entre por ella a hombros de una gran mayoría. Que así sea.

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