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MANUEL POMBO ARIAS

García Márquez, Galicia y la historia verdadera de Jonás

10.08.2014 
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Todo lo que puede ser imaginado es real (Picasso)

El auténtico realismo mágico, que consagró Gabriel García Márquez, el Gabo, no es un género literario inventado, estaba ahí, se encuentra depositado en el común de las gentes de ciertos lugares, muy ligado a sus creencias, al nivel cultural y, sobre todo, a la pobreza. Todavía quedan poblaciones en las que persiste en alguna medida, se puede encontrar en lo más recóndito de su esencia, con tendencia a desaparecer según avanza el progreso. Quizás persiste de forma evidente en sitios como, por ejemplo, Cuba. Se trata de tierras donde lo irreal, lo extraño, forma parte natural de la vida cotidiana, se confunden.

En la Galicia de mi infancia la gente vivía con un poco de caldo, pan centeno, leche en la que se migaba torta de millo, algo de tocino de cerdo y mucha imaginación, que florecía entre el humo de las lareiras, mientras permanecían sentados, charlando más de lo divino que de lo humano, en un gran banco de mesa abatible situado al lado del fuego, sobre todo en las frías, lluviosas, interminables noches de invierno. Lo normal por aquellos tiempos, en los que ni radio había, era, por lo tanto, pretender matar el tiempo contando historias de aparecidos y desaparecidos, de cementerios, de hombres lobo, de muertos y de vivos y de meigas, que por aquí haberlas, haylas, se decía. Se trataba de historias sobrecogedoras, más reales que la vida misma. Yo las escuchaba con la boca abierta de par en par, jamás lo olvidaré, con la misma cara de abobado que cuando mi padre me llevó por primera vez a conocer la ciudad, nada tan raro para los tiempos que corrían. Tampoco Aureliano Buendía, sin ir más lejos, dejó nunca de recordar aquella tarde tan remota que lo llevaron a conocer el hielo. Eran tiempos, otros, que en los que ahora vivimos un periodista de los buenos como también lo fue Gabo, asegura que habitamos un Macondo con ganzúas.

Dispongo, como se ha podido constatar, de muy sobrados fundamentos para sustentar que por aquí, precisamente en el fin del mundo, se encuentra una de las cunas, por no decir la cuna, del realismo mágico. Estoy convencido de que un día alguien se lo dijo a García Márquez, quien, por cierto, presumía de que sus abuelos eran descendientes de gallegos. También estoy seguro de que alguien le tendría hablado de Álvaro Cunqueiro, de aquel escritor gallego que supo conjugar como nadie lo sobrenatural y fantástico con lo cotidiano Eso bien pudo acontecer cuando el colombiano residió en España allá por las calendas famosas del 68, en Barcelona, cuando esta era una ciudad grande, quiero decir, una ciudad donde se concentraba el ingenio y el talento, no como ahora.

Así que, por todo eso, creo que no debería extrañarle a nadie que en el mes de mayo del año 1983, todavía recién conseguido el Premio Nobel, decidiera regalarse uno de sus sueños más antiguos: conocer, por fin, Galicia. Comió en el desaparecido restaurante Alameda, por donde tanta gente importante ha pasado a lo largo de su existencia. Yo, aquel día, estaba allí. No me pasó desapercibida su espléndida y luminosa sonrisa, luciendo bajo un poblado bigote ya más que entrecano, y hasta pude saludarlo pero no me atreví, me lo impidió la inveterada timidez tan propia de los habitantes de estas tierras, no sé si la misma que dicen le acompañó a él también siempre.

El destino quiso que a la semana de la muerte de ese hombre que había de acabar sorprendiéndose a sí mismo con la revelación de que el éxito le vendría de la mano de escribir “como hablaba su abuela”, me correspondiera organizar una reunión de endocrinología pediátrica en su país de nacimiento, a la que asistieron médicos de diferentes procedencias. Se inauguró el evento con la intervención de un pediatra colombiano, el Dr. Juan Fernando Gómez Ramírez: “Reflexiones sobre la infancia en la obra de Gabriel García Márquez”. Todo un éxito. Comenzó con estas palabras del Gabo: “Nací en Aracataca, Colombia. Mi signo es piscis y mi mujer es Mercedes. Estas son las dos cosas más importantes que me han ocurrido en la vida, porque gracias a ellas, he logrado sobrevivir escribiendo”. La sala estaba adornada con flores, con las suyas, pues “mientras haya flores amarillas nada malo puede ocurrirme”, aseguraba.

Gabriel García Márquez fue un hombre que nunca se aburrió, perspicaz, siempre más interesado en seducir que en convencer y muy ocurrente: “La literatura de ficción la inventó Jonás cuando convenció a su mujer de que había vuelto a casa con tres días de retraso porque se lo había tragado una ballena”. Con eso para qué fabular más, está dicho todo. El 17 de abril de este año García Márquez, el Gabo, se echó a morir para poder ver la vida desde el otro lado. Lo hizo en México, en ese lugar donde deciden acabar tantos escritores hispanos y desde donde él se lanzó a la conquista del mundo, hasta llevar a Colombia a los primeros lugares de la literatura universal. Me hubiera gustado conocerle, realmente.

Manuel Pombo Arias es catedrático de la USC