Martes 17.06.2008
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Que las espadas sigan en alto, por utilizar el afortunado titular con que salía ayer nuestro periódico, revela una clamorosa anomalía del presidente Zapatero. Que se siga hablando de empates después de una legislatura que empieza con un PP conmocionado, huérfano de Aznar y casi resignado a seguir adelante con Rajoy, es revelador de que en algo importante han fallado los vencedores de hace cuatro años.
No es normal que un partido gobernante llegue en estas condiciones a la recta final. El primer mandato suele ser el de la consolidación, el de la ampliación de los apoyos a costa de una oposición que se repone de sus heridas. Mientras unos reafirman el liderazgo de su líder, los otros buscan un sustituto para el líder caído en combate.
Por lo general, los ganadores salen a la conquista de nuevos territorios electorales, al tiempo que los vencidos se encierran en casa para ajustar cuentas. Tras esta primera etapa, lo habitual es que el partido en el poder llegue al final con tiempo para alzar los brazos y saludar al público antes de cruzar la meta. A lo lejos llega un rival que se conforma con haber participado y que ya piensa en prepararse para la próxima.
Nada que ver con lo que está sucediendo. No sólo es la igualdad demoscópica la que rompe ese esquema clásico, sino la propia actitud del presidente en la precampaña y en el mismo debate. Es como si Zapatero renunciara a su condición presidencial, para refugiarse en el papel de candidato de la oposición a la oposición. La oposición al PP, al pasado, a la derecha radical.
Es toda una confesión de que no se siente seguro con el balance de sus logros como presidente. Los tiene, pero quedan empequeñecidos por los cambios ambiciosos que se propuso al aterrizar en el poder. Más que gestión, Zapatero se dispuso a lograr la paz y reestructurar el Estado. Si las apuestas salían bien, si hacía de ETA un mal recuerdo y disolvía las tensiones nacionalistas en un nuevo concepto de España, hubiera ascendido al Olimpo de los estadistas.
Pero ninguna de las dos salió. Tuvo que resignarse a las funciones de presidente gestor, pero cuando ya había poco tiempo para cambiar la imagen que se había hecho de sí mismo. Hubo que apresurar medidas sin tiempo para que calaran en la sociedad (la vivienda es el mejor ejemplo), rectificar y dar giros espectaculares para poder llegar con garantías a las cita electoral.
Hay discrepancias en torno al resultado del debate, pero sólo se necesita un poco de objetividad para extrañarse por la igualdad de dos líderes que iniciaron hace cuatro años la etapa en condiciones muy diferentes. Que Zapatero no tenga hoy una holgada distancia sobre Rajoy es una anomalía, máxime si, como él dice, la oposición del Partido Popular ha sido tan chabacana.
En condiciones normales, los duelos tendrían que ser un trámite para el presidente, una ocasión para desgranar los éxitos de su Gobierno ante un candidato que se esfuerza en sacarlo de sus casillas. En condiciones normales, la baza de Zapatero sería el aire institucional, el aval de los hechos, el sutil menosprecio a las propuestas poco maduras del contrincante.
Sin embargo el planteamiento es el del típico western, cuando se salda en la típica escena final el pulso entre sheriff y forajido. Un sheriff como es debido soluciona el asunto mucho antes, y un presidente no puede llegar con estos agobios a la escena definitiva de su mandato. Si eso sucede es que no supo ampliar su renta electoral y dilapidó sus numerosos talentos.

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