Lunes 22.12.2008
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Eterna promesa blanca a punto de cumplir los 34 años. Peter Pan que no quiere crecer. Dorian Gray que se resiste a envejecer. Rubio con pinta de angelote renacentista. Artista eximio, con gotas muy espaciadas, digno de lo sublime y con gestos de macarra de barrio. No recuerdo quien dijo que España siempre anduvo detrás de los curas, con un cirio o con una estaca. El madridismo hace años que anda detrás de Guti, con el florilegio o con el insulto más soez. Guti, digno de lo uno y de lo otro, siempre en estado puro.
En esta semana el país no habla de otra cosa. Se olvidan los parados, el retraso en las jubilaciones, el informe del Fondo Monetario Internacional, la obligatoriedad del doblaje de las películas al catalán, la enseñanza trilingüe en Galicia. Todo son minucias que no valen la pena, lo importante es el taco, que dicen en Argentina, con el que Guti nos deleitó el sábado pasado en Riazor. Y no es que haya marcado un gol, es que dio el pase sublime para que otro lo marcara. Él no se preocupa del resultado inmediato, deja su pincelada y a otra cosa, que ya vendrán los silbidos y los improperios. El arte es el arte, siempre fugaz.
Y hay que agradecerle que su alarde, digno del mejor Di Stefano, no lo haya hecho en el Bernabéu para que se llenara de pañuelos blancos, sino en provincias. Tuvo que ser en A Coruña, donde nadie es forastero y donde cabe todo, en el estadio quizás más hermoso del mundo, de la ciudad posiblemente más hermosa del orbe. Allí hay aficionados con exquisito paladar que valoran estas cosas. Riazor contempló admirado a los cinco de la orquestra Canaro, la elegancia de Suárez y el regate diabólico de Amancio. Vio a Bebeto, Rivaldo y Djalminha, para los que Riazor era Maracaná. Futbolero de sofá en fin de semana, tenía yo que dejar constancia de lo egregio, del fútbol como una de las bellas artes, de lo sublime, en fin.

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