Lunes 22.12.2008
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No sé si Don José Luis González Sobral, secretario de la presidencia de Fraga durante muchos años, estará en condiciones de hacer cumplir una recomendación que D. Manuel le hizo. Acababa de leer una esquela mortuoria en Le Monde, en la que el difunto pedía que no gastasen para su entierro dinero en flores, sino en misas. Le entregó la esquela a Sobral, para que cuando llegase su hora se hiciese con él otro tanto. Temo que este deseo de Fraga pase inadvertido. Desde luego sus hermanas e hijos tendrán mucho cuidado en cumplir lo de las misas, que seguramente habrá sido su última recomendación. Creo que sólo habrán logrado conocerlo a fondo los que de verdad conocieron a su madre, aquella extraordinaria mujer que hizo de su hogar la primera escuela, el primer catecismo y el primer santuario, primero en Cuba y, ya definitivamente, en Villalba.
Ya viuda pasó los últimos años en Santiago en su piso austero en General Pardiñas, donde la visité frecuentemente. Cada visita suponía para mí un verdadero retiro espiritual, porque aquella mujer -puedo afirmarlo- tenía desde niña el extraordinario don de la oración continua. Su hija Elisa me dijo alguna vez que pasar una semana con su madre equivalía a una tanda de Ejercicios Espirituales.
Fraga, el mayor de los hermanos, tuvo en su madre la mejor pedagoga y la mejor catequista. De ahí sus convicciones inalterables de fe y de fidelidad a la Iglesia. Para mí su mejor epitafio podría ser este:
"Hijo fiel de una madre santa"
(*)El autor es deán de la Catedral de Santiago

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