El Correo Gallego

Noticia 1 de 1 Opinión » Firmas

LOS REYES DEL MANDO

JOSÉ MIGUEL GIRÁLDEZ

Humanidad, ya

12.01.2018 
A- A+

LA intervención de los estados debería ser siempre en favor, no ya de sus ciudadanos, sino de los seres humanos. Atribuir una prioridad al ciudadano propio, digámoslo así, sobre el ser humano en general (sea de donde fuere) es, en mi opinión, harto discutible. Porque por encima de cuestiones económicas o patrióticas está la vida de la gente, de toda la gente. No proteger a todos los seres humanos es, finalmente, un fracaso de la civilización. En los últimos meses se ha acelerado aún más la marcha del mundo, y en esa aceleración, una vez más, pierden los de siempre. Salen disparados los débiles cuando se pone a funcionar el molino de los despropósitos. No se puede gobernar sin conocimiento, pero, y esto es lo importante, no se puede gobernar sin humanidad. Y tampoco sin compasión. Es un elemento próximo a la solidaridad, por tanto, nada desdeñable. Pero el mundo se ha vuelto a llenar de ogros, y de trolls, y de maximalismos, y de barbaridades, al hilo de modas mediáticas, porque siempre es más fácil gobernar con el mando de la televisión en la mano.

Dicen de Trump que ve muchas horas de televisión, y en eso no se diferenciaría de cualquiera de nosotros (al menos, de la mayoría). Él mismo reconoce que viene de la televisión, por lo que sin duda tiene mucho de producto mediático: sin entrar en la valoración de sus programas, que esa es otra. Sacó su lado televisivo al compararse con Oprah Winfrey, a la que ahora ven algunos como la próxima presidenta norteamericana. Imagino que también funciona aquí el lado mediático: se ve que ese es, ahora, el camino más rápido para el éxito (y también para el fracaso). Si ayer decíamos que las redes sociales están empezando a desvirtuarse en favor de un campo minado de odios y venganzas, qué decir del tratamiento que algunas televisiones hacen de la realidad y de sus morbos. Lo estamos viendo estos días, desgraciadamente, pero en realidad se suele ver a menudo. La aceleración y la urgencia que imponen al mundo no permite esperar y ver, no da tregua a los ciudadanos, que se nutren del alimento fácil y rápido (es lo que les sirven en bandeja), en lugar de reposar el pensamiento, en lugar de meditar sobre esta sociedad incendiaria, apocalíptica, maniquea, en la que la superficialidad campa a sus anchas, simplemente porque es más fácil y más rápido ser superficial que ser profundo.  

He aquí el punto en el que los estados democráticos deberían intervenir en favor de la cultura y del humanismo, no amparándose en el recurso fácil del combustible mediático, por más que hoy las influencias catódicas lleguen no sólo a las casas, sino probablemente a los despachos. No hemos tenido siglos de conocimiento, de filosofía y de derecho para que ahora todo se ventile con un par de tuits o con argumentos brutales, excluyentes, o simplemente carentes de ingredientes imprescindibles en el gobierno de los estados, como la solidaridad, la mesura y la compasión. No parece de recibo que después de llenarnos la boca con tanta civilización se desprecie o se ignore a los pensadores y a los intelectuales y, por un mal entendido pragmatismo, se haga caso, en cambio, a los apocalípticos, a los sembradores de odio, a los que no ven más allá de los últimos titulares morbosos o de los últimos tuits arrogantes. No puede ser.