Lunes 22.12.2008
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No soy un seguidor enloquecido de la Fórmula 1, pero estoy seguro de que la Sexta ya se frota las manos ante la llegada de Fernando Alonso a Ferrari, o de Ferrari a Fernando Alonso. La Fórmula 1 es un mundo aparte, un universo de escogidos, un paraíso de tornillos dorados, que durante unas horas se transmite al gran público para que pueda atisbar, levemente, lo que se cuece en ese territorio de sufrimiento y gloria que se llama el 'paddock'. Todo esto ya había sido experimentado por Antonio Lobato en Telecinco, pero ahora, la sola mención de la palabra Ferrari, ese lugar mítico al que nunca llegaba Alonso, parece poner los pelos y los micrófonos como escarpias.
No es raro que Alonso aparezca montado en el icono rojo de Maranello como si fuera un héroe del futuro. La Sexta vende su grandísima inversión en este deporte rodeado de millones y de millonarios, y lo hace consciente de que no hay nada mejor que levantar toda esa pasión provocada por la gran marca para levantar también la audiencia. Alonso, desde su época de campeón, ha atravesado las dificultades de McLaren, su supuesta incompatibilidad con Hamilton, y la insuficiencia del coche en la última época. Ferrari siempre apareció como una tierra prometida, como un lugar al que había que llegar, como el regalo reservado sólo a los más grandes. Todo un universo rojo, cuidadosamente publicitado, a mayor gloria de la televisión. En los próximos meses, Alonso será una referencia catódica, y más con el enfrentamiento, que también llegará cargado de morbo, con la nueva etapa de Schumacher. No hay tregua para ese extraño mundo de la Fórmula 1, cuya retransmisiones televisivas han alcanzado la categoría de un show interminable: una especie de reality a pie de asfalto. La Sexta sabe que el aterrizaje de Alonso en Ferrari promete un año distinto. Veremos.

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