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Martes 17.06.2008      Hemeroteca web  |  RSS  RSS

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CARLOS LUIS RODRÍGUEZ

a bordo

Il Franco é mobile

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Como si fuese un paso más de la Semana Santa, el Franco ecuestre volvió a recorrer las calles de Ferrol hacia un destino que tampoco parece definitivo. Nadie sabe muy bien dónde colocar a este vecino molesto que no acaba de irse, convertido en un fantasma rodante al que le gustaría ser escocés para tener acomodo en un castillo y amenizar el turismo.

Si la finalidad de los iconoclastas era acabar con los vestigios simbólicos del franquismo, el remedio quizá haya sido peor que la enfermedad. Antes teníamos a un Caudillo tan visible como estático. Después se pasó al dictador procesional, al vagabundo que se va hospedando en diferentes refugios. Ahora se quiere un Franco que pasa a la clandestinidad de un galpón, donde permanecerá tapado para que no se vea, o para que él no pueda observar a nadie.

De todo lo cual se deduce que ese atado y bien atado del autócrata, no tuvo éxito en lo que al régimen se refiere, pero sí en su presencia ferrolana. Del franquismo no queda rastro. Ni sus pompas ni sus obras (pantanos aparte) están en pie, y sin embargo la torpeza ha hecho del Generalísimo un problema ambulante.

Los vaivenes de la estatua son una excelente metáfora del régimen en su conjunto. ¿Dónde ponemos el franquismo? ¿Qué lugar le asignamos en la historia de España? Todavía no hay una respuesta clara. Y no la hay porque una etapa tan larga no admite juicios sumarios, ni tampoco ficciones más propias del activista que del historiador. Por ejemplo, la de que toda España fue antifranquista, o la de que el todo Ferrol sentía herida su dignidad al toparse con su representación hípica en la plaza. Los antifranquismos exagerados y tardíos son consecuencia de un complejo de culpa. El mismo que animó a quienes se dedicaron a descabezar estatuas en la Europa recién salida de otra dictadura, la comunista. Tampoco es cierto que el comunismo tuviera un rechazo unánime en Hungría, Polonia o Alemania del Este.

Todos los regímenes autoritarios generan una tercera categoría ciudadana, un género neutro como el australiano ése que no es hombre, ni mujer, ni gay. En medio de una minoría de franquistas convencidos y de antifranquistas resueltos, un paisanaje que se refugia en sus asuntos y pasa ante el monumento con indiferencia. Guste o no, esa es la mayoría.

En el fondo, lo saben todos los que trajinan con la memoria histórica. ¿Por qué los desmochamientos de estatuas se hacen casi siempre de puntillas? No se convocó al pueblo para que expresara su repulsa contra el Franco transeunte, ni tampoco para que gozara con la jubilación de Millán Astray.

No es congruente con la idea que se quiere vender de que existe un clamor contra esos símbolos insultantes. No es así. La gente los ha castigado con la peor pena que pueden sufrir: la indiferencia. La democracia los ha derrotado con el olvido. Lo que pueda ver Franco desde su montura, o el jefe legionario desde su pedestal, no les gusta porque observan un país libre.

En la memoria solo escarban aquellos a los que podría llamarse antifranquistas de profesión. Son cofrades de un paso nostálgico, sin el que significan muy poco en la España de hoy. Franco é mobile.

 

CLRODRIGUEZ@ELCORREOGALLEGO.ES

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