Domingo 12.02.2012
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Convengamos con los organizadores de Ecolingua en que la imposición del gallego es una falacia. Aceptemos en principio que tal cosa sólo es un mito hábilmente explotado por políticos astutos y organizaciones perversas, capaces de crear un mal estado de ánimo idiomático donde en realidad sólo hay concordia.
Semejante hipótesis deja en mal lugar a los naturales del país, y a los propios impulsores de este interesante foro sobre la lengua. Estaríamos primeramente ante un pueblo fácil de engañar por hipnotizadores de tres al cuarto, que no sólo se inventan la imposición dichosa, sino que la convierten en una fuerza capaz de influir notablemente en unas elecciones.
Y esa proeza se alcanza en plena democracia autonómica, e incluso en los últimos cuatro años teniendo enfrente al aparato del poder local y autonómico. Conviene no olvidar en efecto que la idea de la imposición del gallego madura sobre todo en los tiempos del Bipartito, precisamente cuando sus defensores carecían de cualquier resorte institucional de apoyo.
Ni institucional ni de ningún tipo. Administraciones, academias, consellos, universidades y demás eran (algunos lo siguen siendo) territorios completamente hostiles a esta tesis, y aun así prospera en la sociedad. ¿Cómo explicarlo sin decir que esa sociedad es muy boba? ¿Cómo entenderlo sin reconocer que los defensores de la idea contraria han sido incapaces de llegar al ciudadano de la calle, al padre común, al gallego que vive desligado de la legión de plataformas y entidades lingüísticas?
En resumidas cuentas, si el sentimiento de que el gallego se impone se ha generalizado en sectores de la sociedad, se debe también al fracaso de muchos normalizadores. La normalización que ve la gente común está representada por sujetos vociferantes que consumen su tiempo denunciando, condenando y no convenciendo. Son ellos los principales promotores de la idea de que existe imposición idiomática.
Y es de ellos de los que tendrán que alejarse los galleguizadores sensatos, si no quieren ir de victoria en victoria hasta la derrota final. La aritmética que les permitirá recuperar el terreno perdido no consiste en sumar siglas y coordinadoras fantasmales, sino en atraer a esas personas que observan el debate con tres actitudes: lejanía, hipocresía o abierto rechazo.
Quizá esté empezando a pasar algo de esto. Este mismo foro organizado por el Instituto de Anxo Quintana es un intento de romper el monopolio que Mesas y similares han disfrutado en este tema. Se aprecia un esfuerzo por cambiar el estilo de arenga Millán Astray típico de estos eventos, por otro más reflexivo en el que se dejan fuera los anatemas de rigor.
El siguiente paso sería lo que el catolicismo llama examen de conciencia, y el marxismo autocrítica. Alguien tendrá que admitir en algún momento que ha sido un error plantear la normalización con rudo encono contra los gallegos disidentes, o identificarla con el nacionalismo, o establecer que sólo existe un modelo normalizador, fuera del cual sólo hay genocidio.
Es eso lo que lleva a muchos ciudadanos a pensar que son objeto de una imposición idiomática. No se convencerán de lo contrario mientras no cambien estilos y maneras demasiado arraigados.

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