Martes 17.06.2008
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Llegas a casa. Dejas las llaves en la cesta cabetodo. Enciendes el televisor. El telediario hace de radio. Trajinando enseres para hacer la comida (cocinar es otra cosa, un arte), yendo y viniendo por salón o cocina, una noticia burla la atonía de la escucha automática... once años sin negrura rotos por una atentado del IRA Auténtico.
Irlanda y Euskadi no son dos gotas de agua y mucho menos la misma gota, pero los labios de ambas sociedades comparten idéntico vaso, el drama. La urgencia de referentes hace que IRA y ETA sean siglas con años de convivencia. "Por primera vez, todos los sectores de la sociedad irlandesa se unen en favor de la primera generación que crece sin atentados...", dijo el corresponsal de La Uno. Inmediatamente sentí una orfandad extraña, desasosiego. Viajo en breve a Bilbao. Allí está por nacer una generación que vea un cielo sin el retumbar de esa metralla que estalla un día pero cuyo ruido no se desvanece ni tapiando los oídos aunque, como todo dolor, ese eco acabe convertido en animal de compañía con el vivir de los meses, con el convivir de las mañanas bajando a comprar pan, y habrá días de ladrido hosco reprimido y tardes de voz con tos seca. El rebrote de la llaga irlandesa coincide con el primer aniversario del día en que asesinaron a Isaías Carrasco. Veo a su hija Sandra en medio de la refriega de estupideces políticas que unos y otros, en Euskadi y en Madrid, pintan esta semana en el lienzo de las noticias, un bodegón putrefacto que cercena el respeto al duelo. Atentados, acá y allá, monumentos, juegos de partidos, dignidad y heridas, sobre todo heridas... compartidas, todo frente a representantes del pueblo enzarzados en lidias de nulo tacto. Hay quien atribuye a Unamuno la frase de que... cada pueblo tiene el Gobierno que se merece; no sé, no lo creo. Contemplo a Sandra Carrasco, la mujer que hace un año, rodeada de cámaras que no quería dijo: "Son unos hijos de puta"; miro, y recuerdo, recuerdo que sentí orgullo ante su reacción (que nadie pida un porqué). El fuego de todo aquello que ronda los pliegues más hondos hiere de otro modo, quema pero mucho más... desnorta. La desmoralización es vecina de la moralina. Tras el cristal de un coche de parabrisas cansado en pleno invierno, el horizonte se desfigura, y no ves, solo intuyes. Una película, Innisfree, habla con los habitantes del pueblo irlandés que abrigó el rodaje de El hombre tranquilo, filme rodado cuarenta años antes por John Ford; sin saberlo, la vi sentado al lado de su autor, Jose Luis Guerín, en una iglesia que fue nido de rojos en los sesenta, cineclub alternativo en los noventa, y hoy restaurante con sala de conciertos; y ya solo falta que sea bandera blanca.

¿Deixádeme ser libre? Sí, pero...
Mensaje a los cabestros: "Así, no"
Pintada ‘sobre mojado’ en Compostela
Ensucian la imagen de un lugar turístico