El Correo Gallego

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JAIME BARREIRO GIL

Cada vez me gusta menos

07.12.2017 
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LA última decisión judicial por la que se manda retirar la orden de captura europea de Carles Puigdemont me ha desconcertado. Entiendo las explicaciones que se nos dan para justificarla, pero entendería aún mejor que no se hubiese adelantado una reclamación de ese calibre si es que había la más mínima duda de su procedencia. Digamos que se ha incurrido en una operación de gran trascendencia, no sólo judicial sino también política, pues no en vano el prófugo era el presidente de un órgano institucional principal en España, para nada o casi nada. Se ha disparado con pólvora mojada. O al menos, aún cuando, y no como otros, los caminos de la Justicia sí que han de ser siempre escrutables, este no lo parece.

Y aun peor que lo decidido por el último de los jueces actuantes en el caso son las explicaciones que medios y tertulianos ofrecen sobre ello, señalando al poder judicial, según la mayor parte de ellos para bien, como agente promotor de una estrategia propiamente política, cual sería la de evitar que el perseguido sacase ventaja judicial de la posible reducción del número de delitos por los que debe ser juzgado, según se los contemple como tales en el ámbito judicial español o belga. De ninguna manera puedo aceptar gustosamente que las decisiones de un juez se puedan reducir al terreno de una simple "estrategia acusadora". No me parece bien.

Cierto es, sin embargo, que, a pesar de todo lo dicho, en el escenario en que sigue desenvolviéndose esta vez, sí que estrategia secesionista del referido sujeto, puede suceder aún cualquier cosa. Creo que, al final, todo se reduce a provocar situaciones que afeen a los ojos de los electores de unos u otros las reacciones de la parte contraria, es decir, el Estado, o el Gobierno español, o el poder judicial de España, o nosotros, o como y quien se quiera decir. Mal si se les contesta, peor si se pierde la paciencia ante sus provocaciones, y peor aún si, por fin, llegan algunas de las consecuencias más vistosas que todo esto pueda tener: las fotos del señor Puigdemont cogido de los brazos por dos guardias civiles, o esposado, que más da, para conducirle ante el juez que le impute definitivamente el haber cometido los delitos que se le achacan. ¡Qué horror!

O se detiene la cadena de montaje en que se suceden los acontecimientos o esto acabará como el rosario de la aurora. Es puro teatro. Si. Pero dañino. La representación culminante de una derrota, no se sabe de quien, aún sin tener clara la ganancia, sin que tampoco se sepa para quien. Vamos: lo más estúpido que podamos llegar a ver.

Doctor en Economía