Lunes 22.12.2008
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Eso dice mi hijo. Que la gimnasia ya ni siquiera se llama gimnasia. Ahora hay que decir educación física. Si dices gimnasia te quitan un punto. Si dices fútbol te quitan dos. Normal. El fútbol ha perdido la educación. El fútbol ha perdido hasta la física desde que miras a Busquets y se te cae al suelo sin fórmula alguna que explique el fenómeno. Busquets o quien ustedes quieran, era por repartir un poco. No todo va a ser Pepe. Pepe es ahora incluso el leñador de los cuentos que cuenta Touriñán al final de su programa. Es un poco como Chuck Norris. Vale para todos los chistes.
Pero a lo que estábamos. Cuando yo iba al instituto ni siquiera era un instituto, pero la gimnasia se llamaba gimnasia y nosotros la entendíamos. A quien no entendíamos era a la bestia que nos daba la asignatura. La bestia que nos daba la asignatura era como un armario de tres cuerpos, pero abierto de par en par. Puede que más grande. Nos llamaba gochos negros y eso era lo más dulce que le oíamos en toda la mañana. Era su manera de terminar las frases. A correr, gochos negros. Cincuenta flexiones, gochos negros. Matadero, gochos negros. El matadero era como el Vietnam de las películas de Rambo, pero sin la esperanza de que Rambo llegase en cualquier momento pilotando un helicóptero. Un pedregal con charcos que nos cubrían por los tobillos, salvo que hubiese llovido. Si había llovido no siempre hacíamos pie. En el matadero nos desplegábamos y en el matadero completábamos nuestras tablas y nuestras cosas, que es el nombre técnico que se le da a escupir el hígado, creo. Pero voy a dejarlo aquí o va a parecer que lo echo de menos. ‘The wonder years’, y tal. Solo quería apuntar eso: que si ahora la gimnasia consiste en educarse físicamente, hubo un tiempo en que consistía en sobrevivir, que es a lo que mi hijo llama batallitas con una cara de capullo que no sabría describirles, pero que pueden ustedes imaginarse.
Naturalmente, tiene razón él.
También naturalmente, nada de lo escrito hasta aquí tiene mucho que ver con lo que Jesús Carballo, seleccionador del equipo femenino español de gimnasia artística, dijo el otro día en El País, eso de que la gimnasia ya no la entiende nadie, pero ya me conocen: la boca es mía y el chocolate espeso y se me van los artículos por donde les da la gana, o eso quisiera yo. De lo que hablaba Jesús Carballo era de su deporte, como es obvio, no de la asignatura que ni siquiera existe porque se llama educación física, y no gimnasia, yo creo que ha quedado explicado, y lo que dijo fue, más o menos textualmente (a Amaya Iríbar, se lo dijo): “Este deporte (la gimnasia) ya no lo entiende nadie. Antes, si te caías, estabas fuera. Ahora puedes ganar una medalla. Pero lo peor es que han eliminado el virtuosismo, lo que tiene de arte. En el Circo del Sol, el 80 por ciento son gimnastas. Chicos y chicas que expresan allí lo que no han podido hacer en su deporte”. Bueno. Hay deportes menos agradecidos, vistos así. El bádminton. ¿Para qué sirve, el bádminton, después? ¿Para voltear tortillas?
Por lo demás, y esto es una tara generacional, seguramente, ni todo el asombro que me produce el Circo del Sol consigue evitar que espere, sin querer y como un idiota, mientras lo veo, que aparezcan por alguna parte los hermanos Tonetti.

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