El Correo Gallego

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EL SONIDO DEL SILENCIO

JOSÉ CARLOS BERMEJO

Sabios a la greña: enseñanzas de la historia

08.10.2017 
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PARA PODER VIVIR TODOS NECESITAMOS ESTAR a gusto con nosotros mismos, por lo menos un poco. Nos identificamos con nuestro cuerpo y nos vestimos y acicalamos en la medida de nuestras posibilidades, pudiendo dedicar a ello un tiempo razonable o hacer del cultivo de nuestra imagen nuestra obsesión, cosa que actualmente requieren muchas profesiones como la moda, el cine y otras artes. Queremos identificarnos con nosotros mismos, pero también necesitamos que los demás nos reconozcan, a la vez que nosotros los reconocemos a ellos mediante muchos rituales sociales y a través del lenguaje y la conversación.

Cada especie y cada grupo tiene sus formas de reconocimiento mutuo y de competición por el prestigio. Los chimpancés refuerzan los lazos sociales de sus pequeños grupos con el despiojamiento mutuo; los gorilas se reconocen como parte de un grupo siempre bajo la égida de un macho dominante; y lo mismo ocurre en otras especies, en las que podemos ver los ascensos y caídas de los machos alfa que acaban siendo presas de la depresión tras su derrocamiento.

LOS SERES HUMANOS COMPETIMOS DE MUCHAS MANERAS, como los mejores cazadores o guerreros, los corredores más veloces, o los hombres y las mujeres más bellos. Los griegos llamaban a esos enfrentamientos ágones, y los hubo de todo tipo, hasta concursos de belleza para bebés. Compitieron entre sí personas, grupos o ciudades a través de la belleza y magnificencia de sus monumentos. Y también lo hacían los poetas en unos concursos similares a nuestras gallegas regueifas, los autores de tragedias y comedias, los oradores y abogados y los filósofos y científicos.

La autoestima es buena pero puede degenerar en el narcisismo y hay profesiones que pueden favorecer esas enfermedad, como la de las modelos y actrices que deben ser siempre jóvenes y bellas - a los hombres eso no les exige de la misma manera -, las de los deportistas o la de los empresarios competitivos y los científicos y universitarios. El narcisismo es una vanidad patológica y va unido a la necesidad de expresión, pero puede acabar en un trastorno mental o desembocar en el ridículo como en el reciente caso de una persona que se gusta tanto se ha casado consigo misma.

TÉCNICAMENTE PARECE QUE NO HAY PROBLEMA, puede adoptar hijos y formar una familia monoparental, o quizás caer en la tentación de adoptarse a sí mismo y testar a su favor, dejando al notario en el dilema de saber quién es el receptor de los bienes de su testamento. Vamos a ver ahora un caso paradigmático de las luchas por la vanidad: las universidades.

Las universidades, como las demás instituciones, cumplen unas funciones, se basan en unos valores y tienen vicios que les son propios y minan a veces su eficacia y pueden poner en duda su valor. Esas virtudes y vicios han permanecido más o menos iguales a lo largo de la historia y por eso una pequeña visita al pasado puede ilustrar nuestros defectos para ver si podemos corregirlos.

Si hubiese que destacar dos vicios maestros del universitario serían la vanidad y la pedantería, sintetizadas hoy en día en el llamado curriculum, un supuesto concepto al que la sacralidad del latín quiere cubrir con una pátina de esplendor. Los fundadores de las universidades europeas hablaban y escribían en latín en el marco académico, lo que les permitía moverse por toda Europa con gran facilidad. Todos ellos eran hombres y frailes, y en su oficio las letras y las ciencias, la teología, la filosofía y el derecho formaban un todo indisoluble.

PERO YA FUESEN JURISTAS, TEÓLOGOS, FILÓSOFOS o enseñantes de la gramática o las matemáticas, todos estaban lastrados por sus vicios profesionales. Eran vanidosos, pomposos, a veces hasta el ridículo, y gastaban lo mejor de sus esfuerzos en destacar frente a sus compañeros, gracias a sus escritos, sus polémicas y sus disputas orales o escritas. A lo que se podían añadir las peleas entre las grandes órdenes: dominicos y franciscanos; entre naciones, que es como se llamaba en Bolonia por ejemplo a los estudiantes de diferentes orígenes y lenguas, o las diferentes banderías políticas.

En la Edad Media, como ahora, el saber y los sabios siempre quisieron proteger sus ideas gracias al ejercicio de su autoridad, eclesiástica por ejemplo, y ello dio origen a curiosas anécdotas en las que la ignorancia de algunos prelados fue objeto de chanza y burla por parte de otros menos poderosos, pero más competentes.

EN UNA OCASIÓN, POR EJEMPLO, EL OBISPO DE BAMBERG, una importantísima sede alemana, dictaminó solemnemente que la Tierra era "informe y era un vaca", lo cual no consiguió elevar en su diócesis a la categoría de dogma gracias a que alguien le hizo ver que la palabra latina vacua, que él había traducido por vaca, en realidad significaba vacía. No le fue a la zaga el obispo de Padeborn, también en Alemania, cuando tomó la costumbre de rezar por "los mulos y las mulas" desde el momento en el que había decidido traducir famulis et famulabus, o sea, siervos y siervas, por mulos y mulas.

Normalmente es difícil corregir a quien manda, pero una de las mejores armas que se pueden utilizar para ese propósito es recoger sus gazapos diversos, lo que hoy en día sería un esfuerzo imposible si pensamos en Twitter. Los esforzados monjes de St. Gallen hicieron todo un libro con los gazapos latinos de los vecinos monjes de Reichenau, y seguimos en Alemania.

ESTO ERA UN MANERA DE VENTILAR ESA INQUINA tan profunda que solo se profesan quienes son casi idénticos, y desde luego una manera más sana que la declaración de guerra de los monjes del monasterio de Clogmanoich en Irlanda a los monjes vecinos, que acabó en una batalla campal con varios cientos de bajas. Y es que en la Edad Media en muchas ocasiones los monjes combatían y los abades y obispos mandaban auténticos ejércitos, entendiendo que eso era parte de su oficio.

No era así en las universidades, en ellas los torneos no eran con caballos, lanzas ni espadas, sino con palabras. Cada maestro disputaba en público con su rival, al que tenía que apabullar con su saber en el número de citas bíblicas y clásicas, con su uso de los silogismos y con todo el ejercicio de un arte que en sus reglas llegó a ser apenas un pálido precedente de los delirios burocráticos de nuestros expertos académicos en calidad y evaluación, igual de charlatanes, pero mucho menos cultos que nuestros antepasados frailes. Si se quiere ver lo que es un protocolo científico como los que rigen nuestros artículos de revistas, véanse cómo eran las partes de obligado cumplimiento en una disertación escolástica, que se hacía en latín, no en inglés, ni siquiera en Inglaterra.

PRIMERO SE PONE UN PROEMIO DEL TEMA, luego se indica la materia de la que se va hablar, después se da paso al comienzo que deber ser seguido del principio, al que sigue el prefacio, que es anterior al preludio y al que sigue la introducción, previa al exordio, que da paso a la preparación del caso que se va a exponer. Cuando se exponga hay que introducir los comentarios previos al mismo, que se dividen en ordinarios y extraordinarios. Luego se hace un resumen de lo dicho y se divide el tema en partes, distinguiendo los argumentos, según sean generales o singulares y solucionando las posibles objeciones a los mismos, advirtiendo si hay alguna imposible, que la hay. Luego se destacan los aspectos más interesantes, se diferencian las cuestiones de hecho de las de derecho. Para acabar por dar unos cuantos consejos y resumir el asunto, añadiendo algún que otro apéndice, si fuese necesario. Y para llegar a todo esto no fue necesario financiar ningún congreso de evaluadores docentes ni expertos en gestión académica. Lo que quiere decir que nuestros burócratas podrían ahorrar mucho dinero asomándose al pasado a la hora de intentar medir los índices de vanidad y pedantería entre los que los universitarios vivimos, nos movemos y somos

El autor es catedrático de Historia Antigua en la USC