El Correo Gallego

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JOSÉ MANUEL ESTÉVEZ-SAÁ

Educación y financiación en Cataluña

08.10.2017 
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FLACO favor han hecho hasta ahora tanto las siete titubeantes leyes de Educación, como los irreconciliables proyectos de Financiación Autonómica. Los principios de cooperación y solidaridad que abanderan aquellos Estados que por su estructura territorial y administrativa, o por su diversidad y diferenciación regional, se asemejan a España, han sabido tener un control sobre las competencias delegadas mucho mayor al constatado en nuestro país.

El devenir de los acontecimientos me incita a pensar que mucho mejor nos habría ido si el Gobierno central hubiese mantenido un control efectivo sobre según qué cuestiones que a todos nos afectan. Ha sido la falta de un precepto supervisor el causante de muchos de los males que nos aquejan. Lo apuntamos aquí en repetidas ocasiones. Lo confirmó Piqué esta misma semana. No el desnortado y convenenciero futbolista; sino el exministro Josep. Autonomía educativa a nivel de Comunidades, sí; pero supervisión general de la cartera de Educación, también. Sólo así hubiésemos conseguido evitar las falacias y mentiras históricas, los abusos pretendidamente lingüísticos, e incluso la politización de un sector tan sensible, dominable y manipulable como la formación académica de nuestros niños y jóvenes.

También los seis o siete proyectos de financiación autonómica proyectados desde el Estado tienen parte de culpa, por no haber sido ni explicados ni descritos de manera nítida; de forma que, por ejemplo, esos catalanes que alegan que "Espanya ens roba" pudiesen constatar el compromiso monetario y en infraestructuras con el que el resto del territorio nacional ha querido recompensar una contribución a las arcas del Estado que, al igual que en el caso de otras regiones aventajadas del territorio nacional, nadie niega, e incluso sabe agradecer económicamente con creces.

Colegas extranjeros me preguntan si es posible que esto que sabemos la mayoría de los españoles lo desconozcan quienes combaten por la independencia. Les respondo que sólo una minoría no ilustrada. Y no lo digo porque los últimos referéndums (brexit incluido) hayan demostrado que el separatismo siempre lo avalan los sectores menos formados y viajados de la sociedad (estudiantes incluidos -3.000 universitarios reivindicando en Barcelona la secesión son un anecdótico 1,5 % de los más de 200.000 que llenan hoy las aulas catalanas), sino incluso porque atesoro testimonios de allegados y compañeros que, aun sin desear la ruptura definitiva de Cataluña (que asumen como irrealizable), están dispuestos a votar por una supuesta independencia que, por su simbolismo e impacto, consiga lograr un más privilegiado trato de favor hacia la Comunidad en la que tanto ellos, como sus hijos, tratarán de forjar un futuro todavía más ventajoso.

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