El Correo Gallego

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Políticas de babel

JOSÉ MANUEL ESTÉVEZ-SAÁ

La Unión por el Mediterráneo

21.05.2017 
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dado la ineficiencia que muestran nuestras más cercanas organizaciones supranacionales a la hora de celebrar efemérides que nos deberían afectar a todos, a nadie le debe extrañar que haya otras que, pese a la honorable función que desempeñan, pasen desapercibidas ante la opinión publica. Hablo en esta ocasión de la Unión por el Mediterráneo (UfM); un organismo intergubernamental que implica, además de a los 27+1 miembros de la UE (¡ay el brexit!), a otros 15 países bañados o próximos al Mediterráneo que aspiran a romper las barreras entre los puntos cardinales del Mare Nostrum; y que ha reunido el viernes y sábado de la semana pasada en Roma a presidentes de parlamentos representados en su Asamblea Parlamentaria, bajo auspicio, en esta ocasión, del primer ministro de Italia, Paolo Gentiloni, quien habló de "unidad", casi tanto como el presidente del PE, Antonio Tajani, de "riesgos y oportunidades".

El proyecto, que es realidad desde la cumbre de París de 2008, y que tiene nada menos que en el Palacio Real de Pedralbes de Barcelona su pretendida y desapercibida sede oficial, aspira a trabajar en pos del progreso y el bienestar del vasto territorio que abarca. Y no piensen que es sólo palabrería. En absoluto. Sino iniciativas tan meritorias como incentivar el empleo entre las mujeres jóvenes, velar por la sostenibilidad medioambiental, gestionar la inmigración, fomentar la cooperación industrial y empresarial, o colaborar en materia de estabilidad política y gubernamental. Con un simple vistazo a su página web, podrán constatar la relevancia de unas iniciativas que contrastan con la poca atención que les dispensan los medios de comunicación.

Todo ello, pese a hablar de nuevos proyectos planteados bajo financiación de más de 5.300 millones de euros; lo que demuestra que ese potencial que señala el secretario general de la organización, el marroquí Fathallah Sijilmassi, aludiendo a los 800 millones de habitantes que abarca la integración regional, pasa más que desapercibido para el conjunto de la ciudadanía y la prensa. Y esto verdaderamente es una pena, pues estarán conmigo en que, dados los conflictos sociales, culturales y religiosos actuales, visibilizar un proyecto de hermanamiento tan loable contribuiría a fomentar el tan necesario sentimiento de pertenencia, y un orgullo de arraigo territorial compartido. ¿O acaso no resulta estimulante saber que Líbano y Albania, Mauritania y Mónaco, Turquía y Alemania, o Marruecos y Montenegro, por apuntar sólo algunos ejemplos de interlocución, son capaces de ponerse de acuerdo para buscar fórmulas colaborativas que contribuyan a vigorizar el empleo, reivindicar el papel de la mujer, compartir recursos energéticos, o tratar de homogeneizar el progreso educativo?

www.josemanuelestevezsaa.com