El Correo Gallego

Noticia 1 de 1 Opinión » Firmas

LOS REYES DEL MANDO

JOSÉ MIGUEL GIRÁLDEZ

Cáncer

14.09.2017 
A- A+

La madre de Lucía, la niña que murió recientemente de un cáncer cerebral poco común, puso ayer el dedo en la llaga en los informativos: hablen de lo que es de verdad importante, vino a decir, entre lágrimas. La salud es lo más importante (hay un anuncio que insiste en eso, porque sabe que cualquiera va a estar de acuerdo). Y también lo más importante es el amor. Ambas cosas se daban cita en las breves pero grandes palabras de esta madre ante los micrófonos de los telediarios. Palabras superiores a todas las escuchadas durante el día. Pero quizás este tiempo brutal no escucha lenguajes amables. No conviene pasar por flojo, por sentimental, por ajeno al ruido del mundo. Mucho engaño es lo que hay. Nos confunden, nos dirigen a esos puntos de interés que hierven en los cocederos de noticias, pero luego, a la hora de la verdad, la vida es otra. La risa y el dolor cercanos aparecen cuando abres la puerta de la casa. La televisión, queriendo o no, nos va llevando a sitios que no son los nuestros, que apenas nos pertenecen ni nos reconocen. El fragor político, los problemas del orden internacional, los grandes asuntos del poder. Gigantes ajenos. Lo macro devora y destruye todo lo pequeño. Cuando se miran las vidas singulares de la gente, cuando al fin se rompen todos los techos y los muros y los olvidos, cuando al fin entran en las noticias con la fuerza de los grandes titulares, descubres que se abre la puerta del morbo algunas veces, o, al menos, descubres que se insiste en exceso en los asuntos de la crónica negra. Uno desearía que hubiera otra forma de contar el dolor y la pérdida. Desde la alegría, desde el optimismo, desde la serena valentía: pero es raro. Muchos sucesos y poca vida, eso es lo que veo en las pantallas. Pero la madre de Lucía, en apenas unas frases, iluminó el día. Bastó su sencillez, su humildad, su verdad. Lo que dijo fue más grande que lo que dijo nadie. Nada pudo superar su luz. Ni su amor. No estaría mal dar cierto protagonismo a la bondad, a la esperanza, que son cosas que también existen. No estaría mal arrinconar a los bárbaros, a los que disfrutan con el lenguaje de hierro, a los que parece que gozan con los días jugados a la contra, a los que nos hacen difícil la existencia, a veces sólo son sus palabras estúpidas. Escuchamos demasiado a quienes no debemos. Apenas un minuto de noticiero fue suficiente para que el miércoles tuviera sentido. La madre de Lucía pedía más investigación, venía a pedir para los otros, ya no para ella. Pedía inversión en ciencia, algo imprescindible e irrenunciable. Su hija se había ido, lentamente, ante sus ojos. Sin poder hacer nada. Así lo contó. Con tanta serenidad como grandeza. Con todo el amor. Y habló de los médicos, que hicieron todo lo que pudieron, pero el dolor creció, y la muerte se hizo gigante e injusta, como tantas veces. Qué hermoso minuto en medio de este tiempo equivocado. Nadie podrá apagar jamás ese enorme dolor, esa injusticia, pero las palabras de esta mujer nos iluminan para regresar al lenguaje verdadero. Frente al lenguaje de un mundo que parece embrutecido, frente a la vida cotidiana secuestrada por asuntos que parecen decisivos para nuestras vidas, pero que no lo son. La vida, en efecto, es otra cosa. Y la muerte, también.