El Correo Gallego

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LOS REYES DEL MANDO

JOSÉ MIGUEL GIRÁLDEZ

Lentitud, divino tesoro

03.01.2018 
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LES aseguro que la lentitud tiene también sus ventajas, en este mundo en el que se supone que todo tiene que ir muy rápido. Consumir el presente a toda velocidad puede ser sinónimo de realizar el viaje a ninguna parte. No piense que está a punto de llegar al futuro. El futuro, en realidad, siempre será mañana. Lo cierto es que hemos empezado el mes de enero con algunos vértigos, siguiendo la tónica general y la presión mediática que parece gobernar el mundo, y la decisión de calmarlo todo y sentarse a pensar siempre llega demasiado tarde. Pero, al menos en España, tenemos una gran ventaja: el año tarda en hacerse presente. Al menos, hasta el día 8. No así en gran parte del extranjero (desde luego, en Europa), donde el día 2 todo vuelve a su ser habitual, a sus alarmas y sus urgencias, y el brillo de los días vacacionales y de las luces de las calles se apaga con esa fría y automática respuesta a las exigencias económicas del calendario. Aquí, tan denostados a menudo por nosotros mismos (en ese intento, a veces patético, que solemos tener de ser más papistas que el Papa), al menos podemos estirar los días y las noches de Navidad, esperar a encajar en el armazón del año nuevo con ánimo más pausado, reflexionar sobre lo que queremos hacer (si nos dejan, que esa es otra), prepararnos, en fin, para la larga travesía.
No subestimen la lentitud. Muchas veces es una virtud, y lo importante es volver a ella, después de hacer tanto seguidismo de los aceleradores del tiempo. No se dejen engañar. No comiencen el año a ritmo frenético, no piensen que el éxito depende de eso. No se dejen envolver en el vértigo, unas veces real, otras cuidadosamente preparado, del tiempo presente, porque a la realidad hay que domesticarla, no dejarse domesticar por ella. Conviértase en protagonista de su propia vida. Que no le marquen el ritmo, que no le convenzan de lo que es importante y lo que no. Vivimos tiempos de gran siembra de propaganda. Oculta a veces en las corrientes de opinión. Vivimos tiempos en los que se nos pide encajar en modelos prefabricados, ser dóciles a las modas del momento, opinar según opina (dicen) la inmensa mayoría, cuidarse de excepciones y aceptar el relato que se impone, porque la soledad del individuo es inmensa.
En estos días semivacíos, que nos llevan lentamente al despertar del año, muchos estarán pensando en cambiar sus vidas, en iniciar proyectos largamente acariciados. ¡Ah, los propósitos (no digan ‘resoluciones’) del año nuevo! Son cosas sabidas. Están en su derecho de creer que 2018 va a ser mejor que el año recién enterrado. No tiene pinta, pero quizás lo sea en algunas cosas y no en otras. No hay verdades absolutas. Todo depende. Creo que la felicidad vendrá de la libertad de pensamiento, de olvidarse de las ideas/masa y su perversa relación con los poderes que nos indican cuál es el camino. Beber del fervor mediático, del ruido de las pantallas que hoy sustituye a la música celestial de las esferas, es mal asunto. No acepten el pastoreo, no acepten una sociedad de verdades impostadas, de modernas inquisiciones. Rebaños, los justos. Discrepemos con alegría. Abominemos de la velocidad mediática o tuitera que no desea que pensemos dos veces: lentitud, divino tesoro.
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