El Correo Gallego

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LOS REYES DEL MANDO

JOSÉ MIGUEL GIRÁLDEZ

Un asunto nuclear

08.10.2017 
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QUE la Campaña Internacional para la abolición de las armas nucleares haya recibido el premio Nobel de la paz tiene, sobre todo, una ventaja: no apunta un nombre propio, que a veces deviene en un nombre polémico, sino a mucha gente que trabaja en empeño tan extraordinario, y, finalmente, a cualquier ser humano de buena voluntad. Pero tiene también su desventaja: que no pueda concretarse su visualización y que, a la postre, alguien (sobre todo algunos de los aludidos por el premio, que los hay) considere que las asociaciones, organizaciones, e instituciones de paz y solidaridad son estupendas, maravillosas, muy merecedoras de este premio, y de otros muchos, pero que, después de todo, poco pueden hacer ante las voluntades singulares y las decisiones de hierro de líderes que, vaya por Dios, no parecen tener muy en cuenta a estas comités globales, aunque representen a muchísima gente.

También es verdad que poco más se puede hacer. Como está pasando en tantos ámbitos de nuestra vida, los políticos hacen una cosa y los ciudadanos quieren otra. Es alucinante, pero sucede. Es incluso irritante. Lo del equilibrio nuclear se ha vendido, cínicamente yo diría, como un gran argumento para preservar la paz mundial, y lo mismo pasa, salvando todas las distancias, con las armas en Estados Unidos: creen que si todo el mundo está armado hasta los dientes el miedo guardará la viña, y nadie osará meterse con el vecino. Sí: ya lo estamos viendo. Pero como dijo Trump en su visita a Las Vegas después de la masacre, “no es el momento de hablar de la prohibición de las armas”. Curiosa conclusión, desde luego. La posverdad en estado puro. Pero si el problema de la violencia local es enorme, allá donde se produzca, el de la proliferación del armamento nuclear está ahora mismo alcanzando límites preocupantes. El mundo de enfrenta a retos tan graves como estúpidos, que parecen, en su mayoría, provocados por los dirigentes, no por los ciudadanos. La locura o la tozudez pueden poner en serios aprietos a millones de personas que viven sus vidas singulares con las dificultades propias de la economía doméstica, con los grandes obstáculos del día a día, y que aún tienen que aguantar a líderes de dudosa capacidad que no hacen más que aumentar los problemas, sin resolver ninguno.

En plena crisis global, conviene, por tanto este premio Nobel a la Campaña Internacional por la abolición de las armas nucleares. Conviene, porque al menos dejará en evidencia a los que tienen la verdadera responsabilidad. Poco a poco los movimientos ciudadanos van sacando los colores a los políticos en no pocos asuntos. Tal vez vivimos un momento de grave crisis, también, de liderazgo. Resulta especialmente insoportable que en las primeras décadas de este avanzado siglo XXI estemos asistiendo al enfrentamiento continuo entre los que avisan del cambio climático o de la proliferación nuclear (pacifistas, ecologistas o científicos) y aquellos que, a pesar de tener la decisión que les confiere la autoridad, han decidido avanzar hacia el abismo con grave inconsciencia o con grave desconocimiento. La presión de la sociedad civil y también la de los hombres y mujeres de la cultura y la ciencia es fundamental para librarnos de esta ola de estupidez global.