Pues sí. Ya lo hemos hablado otras veces. Hay palabras que sirven para nombrar las cosas y palabras que sirven para desnombrarlas. Palabras que dicen digo cuando quieren decir Diego y palabras que dicen digo cuando no quieren decirlo, que es algo parecido, pero que no es igual. Hay que perder el miedo a las palabras. Luz Casal dice, se lo conté yo aquí mismo, un día, que hay que perder el miedo a la palabra cáncer, pero a lo que hay que perder el miedo, en realidad, es a las palabras en general. Cáncer. Pisto. Bacilo. Estetoscopio. De la palabra cáncer no ha enfermado nadie, aún, que se sepa. De la palabra disparo no han salido heridos, tampoco, nunca. De la palabra amor no se enloquece. De la palabra eutanasia no se muere uno antes de tiempo. Ni en el momento justo. Ni después. De la palabra eutanasia no se muere. Hay que perder el miedo a las palabras y a los pasillos oscuros, pero primero a las palabras. Urge más. No puede ser tan fácil asustarnos.
Acabo de plagiarme el párrafo casi entero, debo confesarles, del día de Luz Casal. Bueno, no. No debo confesárselo. Es una forma de hablar. Se lo confieso porque me da la gana. Tampoco importa mucho, haberme plagiado el párrafo, porque venía a cuento. No pienso denunciarme aunque me insistan. Hay que perder el miedo a las palabras porque si no nos marean la perdiz para no hablar de lo que queremos que nos hablen, que es lo que dice Luis Montes, médico anestesista del Hospital Severo Ochoa de Leganés y presidente de la asociación Derecho a Morir Dignamente, el mismo Luis Montes al que en 2005 dos denuncias anónimas por supuesta mala praxis médica en sedaciones a enfermos terminales pusieron al borde del linchamiento moral, incluso un poco más allá, pero el mismo Luis Montes también que aprovechó la desagradable circunstancia para abrir en España el debate sobre la eutanasia, aunque una vez abierto, el debate, también hay que contarlo, haya entrado tan poquita gente y sigamos tan igual, tan parecido, y nos sigan mareando la perdiz con la muerte digna para no hablar de Diego, de digo, de todo eso.
Pues bien: dijo, Luis Montes, el otro día, en una entrevista de Isabel Bugallal para La Opinión de A Coruña, además de que nos marean la perdiz con la muerte digna para no hablar de eutanasia: "La vida es un derecho, pero cuando se hace insoportable todo ciudadano tiene derecho a apearse de ella. No pueden obligarte a vivir". Y esto es de Perogrullo, incluso si Perogrullo no fuese aquel profeta ermitaño cántabro que vaticinó con vehemencia en el siglo XV que el primer día del año que viniese sería, casi seguro, un uno de enero. Esto es de Epicteto, también, incluso si Borges, en Otras inquisiciones, lo citase mal, que duda uno bastante que fuese el caso. Escribe, Epicteto, por pluma de Borges, en el libro del argentino: "Recuerda lo esencial: la puerta está abierta". Para salir por patas, si se quiere. Para no salir por patas, si no.
Cuenta Andrés Trapiello en alguna parte la historia de una mujer extremeña que hizo la colada, dejó planchada y limpia la ropa de su marido y de sus hijos, barrió y recogió la casa y, cuando no tuvo nada más que hacer, se ahorcó en una encina. Pues esto es igual. Tanta consideración no es justo pagarla obligando a nadie a quedarse.

19.05.2013
Una minirrotonda que confunde al conductor
Papeleras desbordadas en el casco histórico
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Continúa la lacra de las pintadas callejeras
Cierre tirado en la Facultad de Odontoloxía