Martes 17.06.2008
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Galicia es el país de los diez mil ríos. La mayoría de ellos están contaminados; algunos cuantos han desaparecido entre oscuras tuberías; otros más yacen sin caudal a la espera de lluvias torrenciales que les devuelvan por unos días a sus cauces naturales; sean ríos grandes o pequeños, abundan en ellos los saltos hidroeléctricos.
Buena parte de la fauna ha sido arrasada y el invento de la repoblación de especies ha tenido sus más y sus menos, hasta el punto de que en ocasiones ha contribuido a la extinción de las mermadas variedades autóctonas. Y, por si todo esto no fuera poco, la construcción dispersa por el territorio ha arramplado con manantiales, cuyas aguas antes iban a dar a la mar a través de esos diez mil ríos que, en cantidad alarmante, han sido excluidos de la memoria histórica de la naturaleza de este país europeo.
Resulta desconsolador admitir que el noroeste peninsular es una de las zonas que abastece de energía eléctrica al resto de España y sigue de cuarta por la cola. Al aprovechamiento de sus recursos hidráulicos, se unió la combustión de los lignitos de sus minas a cielo abierto (ya agotadas), la energía eólica de sus fuertes vientos atlánticos... Y, por si no fuera suficiente, cuenta con una gran reserva de la biomasa que generan sus montes y las probabilidades que ofrece la energía mareomotriz, a poco que la tecnología de este campo avance un chisquín más.
Salvo por la excepción de las centrales térmicas de ciclo combinado, Galicia es el edén de las energías renovables. Y, sin embargo, su PIB no es receptor de una parte del valor añadido que le debería corresponder en el contexto de un mercado único. Al contrario, corre con el gasto de las externalidades negativas. En ese sentido, habría que evaluar no ya los efectos sobre el medio ambiente y el paisaje que provoca la producción de energía, sino la incidencia que ello tiene en las actividades agrarias, ganaderas y forestales y sobre el recurso humano. Es decir, el precio de toda esa energía eléctrica no incorpora los costes de quienes están afectados por las externalidades negativas. En este caso, la unidad de mercado no beneficia a Galicia.
Ni siquiera la paradoja de Arrow sirve para explicar la irracionalidad de la toma de decisiones que permiten tamaño expolio y no exigen que el mercado funcione como tal mercado, y no como el capricho de un Fausto goetheiano, que utiliza los avances tecnológicos en su único beneficio y no en el de la sociedad que aporta los recursos naturales.
No es tanto asombro como mucha indignación lo que provoca saber que el Sil será desecado a su paso por la Ribeira Sacra, una de las grandes reservas biológicas de Galicia, sin que vaya a redundar en beneficio de los habitantes de la zona. O dicho de otra manera, son los vecinos y sus recurso naturales los que sufrirán las consecuencias de las externalidades negativas provocadas por Iberdrola, la única que saldrá beneficiada por esa obra gigantesca.
Ese ejemplo se repite en otras zonas y con otras empresas, caso de la regasificadora de Mugardos, de los abusos de Endesa en el Eume o de Ferroatlántica en el Xallas.
Denunciar todos estos atropellos no es posicionarse en contra del crecimiento y desarrollo del país, antes al contrario, es la manera de reivindicar un modelo que mejore la calidad de vida de los gallegos.

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