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ANÁLISIS

MANUEL POMBO ARIAS

Cela, un personaje con futuro

02.10.2016 
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Cuando pienso en el gallego y premio Nobel Camilo José Cela (CJC) lucho por encontrar el adjetivo apropiado. Se me agolpan en la mente y cada uno pelea por encontrar su lugar. ¿Era CJC un bocazas, un deslenguado, un machista, el típico producto carpetovetónico? De lo que nadie duda es que era todo un "personaje", lleno de fuerza en su forma de ser y de comportarse. Grande para la época, con su frente grande, con una gran cabeza llena de contradicciones, una voz que retumbaba y se alzaba como por encima de todos y que escribía con un estilo muy peculiar. Dejémoslo en un tipo especial, se mire por donde se mire, mitad truhán, mitad señor.

 


Se diría de su poliédrica personalidad que ni hecha por encargo a los efectos de propiciar la controversia. En uno de mis libros de literatura, El centeno nace bajo el invierno, escribí, al estilo Cela, un relato titulado Suicidio, dedicado al escritor con las siguientes palabras: "A Camilo José Cela, el hombre que, por encima de sus virtudes y defectos, de sus detractores y defensores, no necesitó demostrar que era gallego para serlo y para hacer de su tierra más país y mejor". Por lo que a mí respecta, con lo escrito y fiel a mi estilo, he quedado retratado para los días de la vida y de la muerte. No todo el mundo va a concordar con mi veredicto.

De él lo tengo casi todo, me refiero a sus obras de literatura (que entre otras cosas, fue de oficios múltiples, también pintó). De entre las muchas adquisiciones, algunas curiosas, poseo un libro dedicado ("Al Dr. Pombo, muy cordialmente", que tampoco se prodigaba, hasta su letra adolecía de pequeña) y otro al que profeso un especial aprecio, la primera edición de La familia de Pascual Duarte (1942), la novela española más traducida después del Quijote. En la revista Cuadernos del Norte, número 15, 1982, figura una curiosa relación de las ediciones de este libro, que en ese momento ya alcanzaban la respetable cifra de 108, hoy muy ampliamente superada. De la primera edición que refiero, se hicieron 1500 ejemplares, y el que yo poseo lo compré en una librería de viejo por tierras donde, en la actualidad, sus adoctrinados pobladores parece que pasan de lo escrito en español. La vendedora me dijo que ahora resultaba más complicado venderlo. Cierto o no el motivo, juro que eso fue lo que me dijo. Esas consideraciones y cierta experiencia me sirvieron para conseguirlo por un precio ajustado a mis limitadas posibilidades. Por lo demás, el libro tiene su particular historia, como la de casi todas las obras que son ópera prima. Se resume así: Cela le pidió a Baroja que se la prologara, pero este, después de leerla, le comunicó lo que sigue: "Si usted quiere que lo lleven a la cárcel vaya solo, que para eso es joven. Yo no le prologo el libro". La novela fue rechazada por tres editoriales. Pero "el que resiste vence", su máxima hasta la muerte. Se acordó de su amiga Felisa Aldecoa, con la que había coincidido un verano en Torrelodones, quien se la dejó a su hermano Rafael, que, aunque médico, se encargaba de la imprenta que la familia tenía en Burgos. La leyó y se entrevistaron en un hotel de la Gran Vía: "No lo pienses más. Yo te la edito". Pasó la censura.

No sucedió lo mismo con la segunda edición, año 1943, que fue secuestrada, y hasta 1946 no volvió a ser autorizada (con prólogo de Gregorio Marañón). La cuarta edición se la dedicó "a mis enemigos, que tanto me han ayudado en mi carrera". Y esa fue la tónica del escritor, la de un hombre un tanto peleón, un provocador, que bien podríamos pensar que para hacerse notar y que, de vez en cuando, le conducía al desencuentro. Algunos, que incluso le llamaban padre literario, solo se atrevieron al ajuste de cuentas después de que hubiera muerto, como Umbral con su infame libro Cela: un cadáver exquisito.

 


Si de siempre atesoré una especial afición por todo lo relacionado con CJC, ahora puedo añadir un hecho curioso que la acrecienta. No hace mucho me enteré de que su bisabuelo era de una aldea de Triacastela (Meizarán, en la parroquia de Lamas do Biduedo) y que se llamaba Antonio María Ramón Cela Pombo. De por esas tierras (Courel-Triacastela), según el escritor y gran experto en genealogía Luis López Pombo, procede mi primer apellido. Llamativa mezcla de sangres: gallega, inglesa (la de su madre) y la de una abuela italiana. Quizás dinamita pura.

CJC puso mucho cariño en su Fundación. La visité un día en compañía, nada menos, que del profesor Darío Villanueva. Salí admirado del gran legado con que allí me encontré. De verdad, impresionado. Siento que tal patrimonio cultural, situado en un marco magnífico, se encuentre alejado de la posibilidad de que sea visitado por mucha gente.

Pero hay que respetar la voluntad de quien quiso quedarse en su lugar natal de Iria Flavia en cuerpo (cementerio de Adina) y obra (que casi escribo alma). Lo que no pude encontrar el día de mi visita, a pesar de haberlo intentado con cierto detenimiento, fue el diploma de Miembro de Honor que le concedió la Sociedad de Pediatría de Galicia, como reconocimiento a su labor de padrino y mecenas de la escuela Camilo José Cela del Hospital Clínico de Santiago. Yo lo había entregado a una persona de mi confianza para que se lo hiciera llegar. Busqué entre tantos diplomas que quizás tenga que regresar para asegurarme.

 


En este año en el que se conmemora el centenario de su nacimiento he querido aportar estos pequeños recuerdos relacionados con este gran autor gallego, que, estoy seguro, terminará sobreponiéndose definitivamente a su impronta personal. El mismo Cela dejó dicho que "a los escritores, tarde o temprano, se nos hace justicia". Ojalá que no le falte razón, esa que tantas veces necesita de la muerte para manifestarse.

En cualquier caso, aquel joven Cela que comenzó estudiando medicina en la Universidad Complutense de Madrid, se convirtió en un escritor al que hoy admiro y en alguien inolvidable desde aquel ya lejano día en el que no me pasó desapercibido un retrato suyo, un tanto raro, en el libro de literatura de bachillerato.