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divergencias confesables

MARÍA JOSÉ GÓMEZ

Échenle arrestos

14.11.2017 
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GOETHE creía que "nadie sabe lo que hace mientras actúa correctamente, pero de lo que está mal uno siempre es consciente". Mentira. En época del pensador alemán tal vez. Hoy en día es una falacia absoluta. ¿No se han dado cuenta ustedes de que cada vez nos cargamos con menos responsabilidades y las hacemos recaer en los demás? Engaño inconsciente o comodidad suprema, el caso es ser y parecer víctima y/o inocente.

El ser humano ha desarrollado una habilidad innata para deslindarse de los problemas. Entonar el mea culpa no se estila. Es mejor culpar al karma, al jefe, al alcalde, al tiempo, a la fase lunar, al primo segundo de la parienta, al vecino del quinto o la alineación de los planetas. Léase en caso de que las cosas vayan mal. Si van bien lo jaleamos cual campeones olímpicos. Súmenle a esto la malsana costumbre de juzgarlo todo -de antemano mejor- lo que nos confiere un aura de semidioses venidos a menos, satisfechos con nuestros juicios de valor sin corroborar ni valor alguno.

Miren a su alrededor. Existen personas que siempre culpabilizan a los demás. Personas incapaces de afrontar sus propias responsabilidades y cuyo discurrir diario es quejarse y lamentarse ante desgracias varias o supuestas fatalidades. Craso error, puesto que es el mayor obstáculo para poder crecer a nivel personal y social. Cada vez hay más gente cuyo nivel de empatía es mínimo y su consideración hacia los demás tiende a la desaparición; se centran únicamente en sus propias necesidades.

Sementamos culpas por doquier, entonamos el "yo no he sido" y no somos capaces de reconocer -en muchos casos- que quizás nos hemos equivocado. Que de ese error podemos aprender. Que puede ser que el malo sea yo. Tampoco nos damos cuenta de que ese comportamiento nos empequeñece como personas y como sociedad. Porque ralentizamos avance y calidad de vida.

A mí nunca me ha dado miedo decir "me equivoqué". Ni tampoco pedir perdón. Es más fácil que mucha gente recite un poema en élfico que articular esas seis letras. Quizás uno de los principales problemas sea que reconocer una equivocación se ha vuelto sinónimo de debilidad, de flaqueza. Y lógicamente en una sociedad no ya competitiva, sino tan falta de valores como la que estamos creando, eso es pecado mortal.

Pedir perdón implica admitir la culpa por haber hecho daño o lastimado a alguien. O no haber actuado "correctamente". Necesitamos dosis de valor, humildad, sensibilidad, fortaleza y respeto. Échenle arrestos. Los profesionales arguyen que cuando una persona muestra dificultades para reconocer su parte de error o responsabilidad en una dinámica relacional, en realidad lo que hace es desplegar una serie de esfuerzos para proteger una fácil percepción de su propio yo. Miren más hacia dentro y menos hacia quien tienen enfrente.

Permítanme cerrar este rincón retomando a Goethe y una de mis frases de cabecera: "el único hombre que no se equivoca es el que nunca hace nada".

Periodista