Lunes 22.12.2008
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Lo más paradójico de estos días de frenesí cajero es que los más locuaces son quienes no cuentan con voz ni voto en los órganos rectores. Y al revés: permanecen mudos los que tienen en sus manos los resortes fundamentales del desenlace que son, a saber, Méndez, Gayoso y Fernández Ordóñez. Su pensamiento sólo llega al público en forma de rumor, susurro o declaración entreverada que los expertos interpretan como buenamente pueden.
Se esfuerzan en convencernos de que éste es un asunto capital para el futuro de Galicia, pero Galicia carece de elementos de juicio. El gallego profano se pone del lado de los unionistas o de los confederados por mera intuición, porque piensa que lo grande es lo mejor, o teme que los del norte se hagan con el poder del dinero.
Es todo un síntoma que hayan despertado sentimientos primarios que parecían reservados para el derby galaico, en las épocas en que el Celta campeaba por la división de honor. Se habla de la solvencia como requisito que todos los partidos, sindicatos y patronales aceptan como requisito imprescindible para dar por buena una solución. ¿Pero quién ha facilitado al público datos sobre esa virtud financiera?
El Banco de España los maneja, las cajas los tienen y la Xunta usa los suyos para orientar su estrategia. Pero todos ellos son una información clasificada de la que sólo llegan retazos en forma de cotilleo. La cosa parece una novela de Dan Brown, con sus claves secretas y ambientes ocultistas que el protagonista sólo desvela tras pasar innumerables peripecias.
Una de esas claves asegura que el diseño final del que forma parte toda esta polémica consiste en un fortalecimiento del poder de la banca tradicional, a costa de esa banca atípica que son las cajas de ahorro. Botines y González estarían aprovechando la coyuntura para recuperar el terreno perdido, contando con el inestimable acuerdo del Banco de España, poco amigo como se sabe de las fusiones intrarregionales.
El caso es que lo que está sucediendo estos días colabora con ese designio. De repetente, unas cajas que habían vivido durante mucho tiempo al margen de las polémicas, envueltas en un aura de prestigio, ajenas a las refriegas políticas (Méndez y Gayoso parecían los Greenspan galaicos), se ven zarandeadas en medio de la plaza pública, y se habla sin ambages de los problemas acuciantes de alguna. Nada bueno para su imagen, sea cual fuere el desenlace.
De un tiempo en el que ningún político, sindicalista o empresario osaba hablar de las cajas, hemos pasado a un momento en el que su futuro acapara la agenda de todos ellos. Declaraciones, plenos parlamentarios y municipales, incluso anunciadas movilizaciones, tienen a las cajas de protagonistas. Eso no tendría que ser malo, si los mensajes que llegasen a la gente tuvieran una base objetiva, unos datos accesibles a esa sociedad que tanto se invoca.
Sin embargo, el Banco de España es la esfinge del sistema financiero y en las cajas no hay costumbre de salir a la palestra, admitir la situación como es, y confesar los pecados cuando de verdad se han cometido. Que conste que no es un defecto exclusivo de las nuestras. Entidades hermanas hay por ahí adelante que recibían el aplauso general de la clase dirigente muy pocos días antes de ser intervenidas.
No será el caso, pero sí está justificada la queja de que estemos llegando al epílogo de la historia, sin que se hayan desvelado aúncapítulos importantes.

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