Sábado 20.03.2010
| Actualizado 00.50
Hemeroteca web
|
RSS
José María Aznar ha declarado a la BBC que la situación actual de Irak, sin ser idílica, es "muy buena". Ha dicho que ahora hay libertad y que se ha elegido a un Gobierno democrático, y se reafirma en que la política de Bush respecto a Irak, que apoyó el Gobierno de Aznar, fue acertada.
El ex presidente se empecina en sostenella y no emendalla. Y se equivoca. Incluso su buen amigo Blair ha reconocido que era cuestionable la invasión de Irak, y que él la apoyó porque creyó determinadas informaciones que, con el paso del tiempo, se ha demostrado que eran falsas. No acusó a Bush de ese engaño, entre otras razones porque se le podría replicar que él, Blair, contaba con unos servicios de información e inteligencia que estaban obligados a desenmascarar las falsedades de los servicios americanos si efectivamente se producían; pero Blair al menos ha dado marcha atrás en muchas de sus consideraciones anteriores, las que defendía cuando era primer ministro británico y viajó a Las Azores para apoyar la invasión de Irak y fotografiarse junto a Bush, Aznar y un Durão Barroso que estaba allí como anfitrión y presidente de turno de la Unión Europea.
La situación de Irak no es "muy buena", ni siquiera buena. Se han deshecho de un presidente sanguinario, miserable, dictador y sátrapa, pero una guerra civil mina a la ciudadanía desde el día que comenzaron los bombardeos, el terrorismo islamista -que no existía- se ha hecho con la calle y la seguridad brilla por su ausencia. No hay día sin muertos en atentados, las rivalidades entre las comunidades religiosas son letales, han caído miles de policías y soldados entrenados por las fuerzas americanas para intentar garantizar el orden y los fundamentalistas han dado pasos de gigante.
Pero lo peor de las declaraciones del ex presidente José María Aznar es que no reconoce los muchos errores políticos cometidos. En esos cinco años se ha demostrado que Bush mintió a los ciudadanos americanos pero también a sus colaboradores internacionales, a los que engañó abiertamente; Aznar debería leer el documentadísimo libro de Woodward, con testimonios y confesiones que van desde Powell, Condoleeza y Rumsfeld hasta todos y cada uno de los militares con mando en plaza.
Pero continúa José María Aznar empeñado en no ver que Sadam Husein era completamente ajeno a los atentados ocurridos el 11 de septiembre en Estados Unidos, que no existía ninguna conexión entre él y Bin Laden -al contrario, Bin Laden le despreciaba por su laicismo militante- y que aunque era absolutamente cierto que Sadam merecía ser desalojado del poder, pues se trataba de un hombre miserable en todos los sentidos, sin embargo era inadmisible hacerlo a través de una guerra que podría provocar, como provocó, miles de bajas civiles. Una guerra para la que se buscaron excusas que eran mentiras desde la primera a la última, y que además no contaba con el obligado respaldo institucional.
Mejor haría José María Aznar en actuar como el ex mandatario británico Tony Blair: no se ha rasgado las vestiduras mientras arrojaba cenizas sobre su cabeza para pedir perdón, pero sí ha admitido públicamente que esa guerra no debió producirse de aquella manera.
Coches en las aceras de Teo
Una verja rota y peligrosa
Nevera enchufada a xestas
Basura acumulada en Arzúa