Lunes 22.12.2008
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Estamos acostumbrados a lunes densos, llenos de gravedad y reventones de asuntos. Lunes plúmbeos, lunes metálicos, lunes que apenas puede echarse uno a sus espaldas. Pero ayer era un lunes vacío. Un lunes inútil con el que apenas sabías negociar. Un lunes despojado de su cruda personalidad, minimizado, infantilizado entre los brazos del puente, inocente, sí. Inocuo después de todo. Un lunes que parecía un viernes, tan suave como una caricia, alegre y bonachón, algo peluche, y misteriosamente inservible a la hora de cabrear al personal. Pocos lunes hay en el año que se comporten así.
Televisivamente, el día también parecía absurdo. El personal andaba en las carreteras, o comiendo con la familia, de tal forma que la televisión permanecía apagada o muerta en el salón, esperando la mano de nieve que supiera arrancarla. Todos estamos cayendo vertiginosamente hacia la Navidad, esto es innegable. Los anuncios de colonias nos colonizan, y, sin embargo, Televisión Española aparecerá pronto desnuda de publicidad, limpia de spots, poblada de programas. Echaré de menos los anuncios, llenos de belleza y de ofertas. Pero, a cambio, quizás tendremos telediarios kilométricos, muchísima opinión, debates que no tengan que restringirse a 59 segundos (sin anuncios, lo que sobrará es tiempo). Este diciembre marcará un antes y un después en la cadena pública.
Ayer, sin embargo, fue el día vacío. No quedaba apenas temporal que contar, la Liga había cumplido rigurosamente su jornada, Messi estaba feliz, y el cambio de programa entre Buenafuente y El Gran Wyoming estaba ya más que analizado. En El internado, sin embargo, se iba a revelar algo gordo. Para un vacuo lunes de puente era alimento más que de sobra.

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