Lunes 22.12.2008
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Después de tantos malos augurios sobre el declive de la prensa, después de tantos teóricos cenizos que ponostican que el periodista es una especie a extinguir, llega una noticia que ayuda a levantar los ánimos alicaídos. No viene de la mano de ningún gurú de la comunicación moderna, sino de un hombre sincero de donde crece la palma llamado Telmo Martín.
Este político rotundo pronunció una frase memorable. Los medios son unos hijos de puta. Ignoramos si estos últimos se habrán sentido ofendidos por la equiparación, pero en lo que a los medios se refiere, el calificativo es un elogio. Un elogio que tiene además ilustres precedentes que nos hacen recordar por ejemplo al Richard Nixon acosado por el escándalo del Watergate.
Según diversos testimonios de aquel episodio, el presidente cotilla llamó hijos de puta, cabrones o algo similar a los informadores que lo importunaban. ¿Lo hubiera hecho si no le importara para nada lo que dijeran o escribieran? Es evidente que no. A buen seguro que Woodward y Bernstein, en vez de llamar compungidos a su madres, se sintieron muy halagados.
Pues un sentimiento similar debiera embargar o hipotecar, dadas las circunstancias económicas, a los profesionales aludidos por el comentario. A su manera, Telmo rehabilita al cuarto poder en un momento en que parecía menos poderoso. Sí habría motivos de inquietud en el caso de que el político hubiera usado con los medios el mismo desprecio que el alcalde Javier Losada con su compañero Abel Caballero. Pero Telmo no dice que le importe un bledo la prensa, sino que es una hija de puta.
Dirán ustedes que la nuestra es una interpretación enrevesada, fruto del corporativismo. En absoluto. Fíjense que hasta el propio servicio de comunicación del político distribuye la declaración en su versión original, prueba de que la consideran un piropo hacia sus colegas del otro lado de la trinchera. A Telmo le importáis, os tiene respeto y por eso os llama lo que os llama, parecen decirnos los asesores del líder.
Por eso quizá sobraba la disculpa que el autor de la memorable frase dirige a los hijos de puta de la cámara, el micro o el ordenador. Dice el mentor que la expresión ha podido interpretarse como una descalificación a los medios de comunicación. Pues no, y por varias razones que pueden resumirse en dos bien fáciles de entender.
El término utilizado ya es usual en el Partido Popular. Telmo no debe avergonzarse de su lenguaje, cuando una política elegante como Esperanza Aguirre recurre al mismo calificativo para señalar a alguien de su misma sigla. Andando el tiempo, hijo de puta vendrá a ser sinónimo de compañero de organización. Por cierto; si los consejeros de comunicación de Telmo tuvieran a bien divulgar otros comentarios privados del jefe, a buen seguro que más de un miembro del PP gallego quedaría incluido en la categoría en la que se mete a los medios.
Pero lo esencial para esta profesión que parecía atravesar un momento complejo es que su papel se revaloriza con el insulto. Es lo mismo que pasa en el campo de fútbol. Los peores adjetivos del forofo bocazas se dirigen contra el mejor jugador del equipo contrario. Casi siempre es un hijo de puta. ¿Los oye el crac? Si es así, estará encantado de no pasar inadvertido.
Pues esto es igual. Desde el graderío hooligan de la política, alguien dice que los medios son unos hijos de puta. En vez de volverse hacia él para contestar lo mismo, hay que darle las gracias y pedirle de paso al presidente del club que lleve a sus pupilos a cursos intensivos de urbanidad. Para evitar así males mayores.

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