Lunes 22.12.2008
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Problemas parecidos al que tiene ahora el PP ourensano ya se planteaban en el Imperio Romano. Resulta que por aquel entonces también había emperadores que no tenían hijos, o no tenían el vástago adecuado para sobrellevar el poder. La excepcional sabiduría jurídica romana resolvió enseguida la situación.
Se inventó una especie de adopción política. El soberano se convertía en padre adoptivo de un ciudadano bien dotado, y la línea sucesoria se respetaba, sin correr el riesgo de que apareciera un crápula por el medio. En resumen, los romanos combinaban sucesión y designación con esa maestría que les permitió durar tanto.
El nepos, que así se llamaba el adoptado, sufriría después numerosas tergiversaciones, de las que da fe la palabra nepotismo. Sin embargo, su origen fue una solución original a un problema político peliagudo. Sin salir de Ourense, hubo hace tiempo un emperador provincial que practicó el nepotismo digamos bueno.
Se llamaba Franqueira. Si el franqueirismo se perpetúa a través de los tiempos, hasta desafiar la perdurabilidad del Imperio Romano, es porque don Euloxio hizo lo que no va a hacer Baltar. No creó una dinastía política, sino una ideología pecuaria, galleguista y de centro, que reclutó a lo mejorcito del mercado. Baltar es el último eslabón de esa larga estirpe, pero olvida el nepotismo saludable para incurrir en el otro.
Es un síntoma de debilidad. La misma que demuestran todos los regímenes cuyo fundador abdica en el pariente. Como Fidel, que deja la revolución en manos fraternas, o el de Corea del Norte, que sólo se fía del hijo para continuar su insigne tarea. Eso significa que el sistema se ha quedado sin apoyos, que ya no hay ideología, ni mística que lo sostenga en pie.
Lo mismo le ocurre a Baltar. Nada queda de aquella derecha singular de Franqueira, ni del ourensanismo posterior, ni tampoco de aquel eje con Cacharro y Cuiña para levantar un PP enxebre y populista, frente a la tecnocracia. La boina ya está en el Museo do Po- bo Galego. Ni siquiera le quedaría bien a Baltar Jr, incorporado como está a un mundo parlamentario donde no se llevan los bombos y trombones del sénior. El único ismo que queda es el del paternalismo en su sentido más literal.
Todos los hijos de Galicia sentirán a estas alturas una explicable envidia. El tren eléctrico, el scalextric, las pistolas, la bici, el casete, el balón. Nadie ha olvidado los regalos de Reyes que marcaron nuestras vidas. Pero nadie llegó a la sala de estar en la mañana del día 6, y se encontró con un partido entero, perfectamente ensamblado para que no haya que romperse la cabeza con los tomos de instrucciones.
No es un regalo, se dirá. Baltar el Joven tendrá que luchar por él en unas elecciones reñidas. También nosotros teníamos que portarnos bien, o parecerlo, para que los Magos fuesen finalmente generosos. Pero finalmente supimos que ellos eran los padres, conclusión a la que también habrá llegado el posible sucesor.
Porque en este caso el padre no va a mandar a su hijo al partido para que lo crucifiquen. Vigilará desde las alturas de la Diputación, a fin de que la libertad de los militantes ourensanos no se desvíe de la voluntad paterna. He ahí, por cierto, otro síntoma de que Baltar no se fía de que su primogénito pueda lograr sólo el objetivo. Lo emancipa sólo a medias. Ni en la Roma imperial ni en el imperial Ourense de Franqueira algo así habría pasado.

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