Lunes 22.12.2008
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AL principio uno se asombra sobremanera al ver los rituales que por ahí afuera se gastan. Luego se va acostumbrando. Más tarde, empieza a considerar lo indicativas que son algunas tradiciones y no pocos comportamientos a fin de establecer conductas. En Austria, por ejemplo, en donde han suprimido la aristocracia de los títulos hereditarios, llegada la hora de sentarse a una mesa, a cualquier mesa, son estrictamente observantes de la condición de los comensales: si eres profesor, te sientas en un lugar; si profesor doctor en otro y si señor profesor doctor en otro y más preeminente.
No les quiero contar a ustedes lo europeos que son los "club de la facultad" de instituciones universitarias como puedan ser las norteamericanas de Harvard o Brown, por poner dos casos; o lo mirados que son los nipones para este tipo de asuntos y reverencias. Incluso en lugares más"light, en Australia, el respeto es el respeto, la tradición es la tradición y así sucesivamente. Nada que ver con esto nuestro en donde parece ser que este tipo de actitudes las dejamos para la corona, una de las más rígidas y estrictas de las conocidas.
¿A que viene este comentario? Pues a que el día en el que comenzaba el frío, mientras esperábamos la llegada del tren paseándonos a primera hora de la mañana por los andenes de la estación, me enteré (siempre me entero tarde de la mayoría de las cosas, pero mis lectores ya saben el por qué de estos retrasos) de que el rector de la universidad compostelana (símbolo de cinco siglos de historia) fue agredido por unos trabajadores sin que pasase absolutamente nada. No me extraña. Unos días antes, o después, no importa, en un acto celebrado en el CHUS, complejo hospitalario universitario, si bien entiendo las siglas, el mismo rector no dispuso de un sitio de preferencia en la mesa presidencial y tuvo que sentarse en la primera fila con toda la elegancia y discreción que pudo y supo llevar a cabo, no pocas. Únicamente el decano de la Facultad de Medicina cayó en la cuenta y se levantó para sentarse al lado de su rector en esa primera fila. Es indicativo que lo que ha de sobrar ha de ser gente que entienda que estas cosas, junto con los planteamientos que van implícitos en este comentario, sean chuminadas, por emplear un término al uso.
No lo son. Decididamente no lo son. Si no respetamos las instituciones con las que nos ha dotado la historia o aquellas otras de las que nos hemos dotados en los últimos tiempos, ¿qué respeto podremos recabar para nosotros mismos, tan recientes que nacemos todos los días según nos levantamos de la cama? ¿Qué normas de convivencia son las que han de regirnos? ¿Son necesarias esas normas? ¿Funcionan en el resto de los países, aun en los más modernos y al lado de los más tradicionales? Entonces ¿por qué nos las pasamos nosotros por el forro de nuestras bolsas escrotales? Algún virus afecta a la colectividad de la que formamos parte. Pero es de temer que sea difícil dar con el remedio de un día para otro. Esas cosas no se improvisan. Lástima.
Escritor, Premio Nadal
y Nacional de Literatura

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