Lunes 22.12.2008
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Las tertulias políticas, esas tan de moda, están que arden. No se trata de que Obama vaya a tener a ZP de monaguillo en el americano desayuno de oración, ni de que el Tribunal Constitucional se va a poner de parto del nasciturus catalán, ni de que se hagan quinielas con los cambios de ministros en el nuevo Gobierno que se cuece en la Moncloa, en el que, al parecer, José Blanco adquiere más altas responsabilidades; ni de que ZP ha tenido su camino de Damasco y nada más darse el castañazo al caerse del caballo, ha visto claro que lo suyo es tomar como propias las recetas económico-laborales del PP; ni de que ZP y su gente se llamen a la parte en el invento de la Seguridad Social, escamoteándole a Girón la autoría; ni de que el Estado de las Autonomías se precipita, ya sin freno, hacia el desiderátum y fracaso final; ni de que la enseñanza va de lástima, el paro no cesa y las pensiones están con el culo al aire; no, todo esto -y más- no es nada al lado del notición de la semana pasada.
Según comunicó él mismo, el restaurador Ferrán Adriá cerrará su establecimiento durante dos años, tiempo que se tomará para meditar y preparar nuevos mejunjes con los que componer y adornar sus irreconocibles platos, en los que no se sabe lo poquito que se come, aunque sí se sabe lo mucho que se paga. Es el arte de la cocina de autor, la nouvelle cuisine, que los esnobs consumen como si de ambrosía se tratase. Me imagino que tal noticia habrá puesto de pésame al gurmé oficial Rafael Anson, presidente de la Real Academia Española de Gastronomía. A mí, que le tengo apego a la cocina tradicional, me dejó frío, si bien comprendo que es un drama culinario de gran trascendencia, que puede romper incluso los esquemas más sólidos de la política nacional, que se elaboran en los reservados de arte tan eximio. Aunque a todo se va acostumbrando el paladar de los españoles, que traga con lo que le echen.

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