Martes 17.06.2008
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El pasado jueves se conmemoró en las Cortes Generales una fecha clave en la historia democrática de España: el día en que se celebraron, hace treinta años, las elecciones que abrieron el proceso para la elaboración de la Constitución, un texto con muchos errores, pero que ha servido para la convivencia en paz y concordia y la alternancia en el poder de los dos partidos mayoritarios sin traumas ni sobresaltos. Como era de suyo, el evento tenía dos protagonistas: el pueblo, representado por el presidente de las Cortes, y el Rey, verdadero impulsor de la Transición. ZP quiso echar pecho y pronunciar también su discursito, pero la mano discreta del protocolo le disuadió en el intento. Hablar él, dado lo que está predicando, sería un sarcasmo.
Además, el parlamento del Rey tuvo su enjundia. Si siempre es obligado prestar mucha atención a lo que dice el Rey, leyendo entre líneas su intención, en este caso no hace falta hacer uso de la hermenéutica para conocer el sentido de sus palabras. El Rey habló con claridad meridiana del "respeto mutuo, la tolerancia, la reconciliación y la concordia"; de una "convivencia serena, integradora e incluyente"; puso especial énfasis en la "gran nación" que es España y en su "unidad", y en "fomentar lo mucho que nos une y disipar cuanto nos separe", y, finalmente, sin eufemismos, se pronunció por "derrotar -y subrayo la palabra- la abominable lacra del terrorismo". Fue toda una respuesta a la política que esta desarrollando ZP, con la singularidad de que este discurso no se sometió al previo conocimiento y censura del Gobierno y tuvo como autor principal al propio monarca. Las discrepancias entre el pensamiento del Rey y el rupturismo republicano de ZP saltan a la vista. Y es que a ZP le falta, entre otras muchas cosas, sabiduría política y lo que los catalanes llaman seny, que por aquí decimos sentidiño y que, en román paladino, se define como sentido común.

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