Domingo 16.11.2008
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HAY DÍAS en los que la enorme desconfiaza que me producen los que hablan en nombre de otro me exacerba. Lo hagan en nombre de Dios o de cualquier otra figura histórica -no se me molesten, si Dios no está en la Historia es que ni dios está en ella, disimúlenmelo- suelen estar tan ocupados y entretenidos en la audición de esas voces que les llegan desde el infinito y aún desde más allá -de ultratumba, como de muy cerca- de forma que les inducen, sin mayor dolor propio, todos aquellos pensamientos que no serían censurables si no los determinasen a tantas acciones que sí lo son y tanto dolor ajeno causan.
Tan ocupados están, les decía, en escuchar las voces ultraterrenales, que se mantienen sordos por completo a las que les dirigen sus iguales; es decir, esos otros seres a los que ellos se saben o se creen superiores; o sea, que se mantienen ajenos a la humanidad que gime, en tantas ocasiones, en razón de los actos en los que tan señalados próceres se afanan; por ejemplo, no puedo evitar imaginarme a Hugo Chávez en comunicación directa con Bolívar; más ahora, cuando acaba de exhumar el esqueleto que sostuvo su humana arquitectura y acierta a percibir, según él mismo afirma, la luz que de sus huesos emana, acaso para enviarle señales cifradas en el código morse que sólo él, el elegido, es capaz de interpretar y entender según su voluntad le dicte; quién sabe.
Esto de entenderse con los muertos es algo nuevo. Al letrado devenido en comandante tampoco le debe ser ajena la comunicación, en su caso, con el autor de la letra de esa canción hermosa que fue y sigue siendo Guantanamera, pues también él es un hombre sincero, (más o menos) de donde crece la palma y antes de morirse quiere (casi seguro) echar a la playa de la historia, como si fuesen restos de su propio naufragio, los cincuenta años de su paso por la isla que todos amamos desde lejos. El caso es que, si ambos no estuviesen tan entretenidos en escuchar la voz de sus dos difuntos, que suelen confundir con las suyas propias, estos sátrapas caribeños, sin duda que podrían atender a las de la humanidad que oprimen y sojuzgan.
No hemos mejorado mucho al sustituir la voz de los dioses por las de los libertadores en interpretación libre de los liberticidas. Ya sucedió lo mismo en otros tiempos de la Historia pero, ni Hitler ni Stalin, hablaban con los muertos. ¿Recuerdan aquel chiste que decía del colmo del cinismo y relacionaba la expulsión de gases con la presencia en un velatorio? A esos gases me suenan esas luces y esas voces. El problema es que son luces que hieden, impropias de los sueños que alentaron y se decían ilustradas, porque lo eran.
Escritor, Premio Nadal y Nacional de Literatura

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