Domingo 12.02.2012
| Actualizado 00.00
Hemeroteca web
|
RSS
Según propia confesión, el alcalde de Lugo se topó con la cruda realidad caminando por la ciudad el domingo pasado. A eso de las diez de la mañana, se cruzó con un grupo de chavales que volvían a sus casas tras una noche de botellón. El regidor quedó horrorizado al ver cómo iban, y seguramente ellos se asombraron también al encontrarse con alguien sobrio.
Total, que de este encuentro en la tercera fase de la borrachera nocturna surgió una iniciativa de don Clemente que básicamente consiste en que los padres hagan de padres y acompañen a sus hijos a una de estas borracheras multitudinarias. ¿Por qué sólo los padres? También podrían ir los concejales, los conselleiros y diputados, el presidente, el delegado del Gobierno, jueces, fiscales, todos los que tienen alguna competencia relacionada con el asunto.
Que vayan los progenitores está bien, siempre y cuando se proponga a continuación que recuperen esas competencias que han ido perdiendo en relación con sus hijos. Muchos hijos han dejado de ser incluso comunidades autónomas, para actuar como estados libres asociados con cupo y derecho a dormirla. Lo de Ibarretxe está seguramente inspirado en ellos.
Irán los viejos al botellón como exploradores que se internan en un lugar desconocido, se llevarán las manos a la cabeza y volverán resignados a casa. ¿Qué pueden hacer? Son víctimas de una cultura que penalizó cualquier autoridad tachándola de autoritarismo y que exalta cualquier cosa que hagan los jóvenes, como una expresión de libertad. Fabricamos entre todos una chavalada sin conciencia social, y ahora sólo podemos ir a contemplar las consecuencias.
En esa cultura que se refleja en la publicidad o en las series de televisión, los chavales sufren, o disfrutan según se mire, lo que los sociólogos y psicólogos llaman anomia. No rules, dice uno de los anuncios dirigido a este público. Sin normas, porque las normas son por definición conservadoras, y sólo afectan a los mayores.
En esa cultura que está en la raíz del botellón se tergiversa la idea de la solidaridad y el compromiso social, al focalizarlo en cosas abstractas o lejanas. El vecino que ha de pasar las noches en vela, y limpiar por la mañana el portal de orines y vómitos, es menos digno de solidaridad que una especie animal acosada por el desarrollismo.
A la anomia imperante en algunos sectores del mundo juvenil, se une la confusión del mundo institucional, cuyos portavoces sólo son capaces de hablar de difusos pactos cívicos, pura artimaña para ganar tiempo. Nadie es capaz de aclarar quién es competente para evitar que la borrachera colectiva se apropie de espacios públicos. Hay una profusión de organismos que a la hora de la verdad se esconden.
También a ellos hay que decirles que salgan a la calle y contemplen lo que ocurre por la noche en lugares donde queda suspendida cualquier ley, ordenanza y autoridad. Es grave que muchos padres sean para sus hijos como extraterrestres, pero aún es peor que los responsables políticos abdiquen de sus competencias, o se las pasen unos a otros como una patata caliente.
No sabemos cuándo se iniciarán estas expediciones paternas a las selvas de botellón, con don Clemente en plan Livingstone. Serán una nueva experiencia para padres enterados de lo que ocurre en Darfur, e ignorantes de lo que hacen sus hijos noctámbulos ahí al lado. Que hablen con ellos, aunque de poco servirá con administraciones que militan en el abstencionismo.

¿Deixádeme ser libre? Sí, pero...
Mensaje a los cabestros: "Así, no"
Pintada ‘sobre mojado’ en Compostela
Ensucian la imagen de un lugar turístico