Domingo 16.11.2008
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NO es mi fuerte la economía, pero me sucede con ella lo que a la mayoría de los españolitos de a pie: que es mi preocupación más diaria y recurrente. Hace unos días leí que había que evitar la crisis del sector eólico y lo primero que pensé fue que corrían malos vientos. ¡Hasta eso, coño! me dije, algo escandalizado de que hasta nos dé un mal de aire más, de los muchos posibles y de los no pocos que ya llevamos padecido. La noticia me sonó a excu-
satio non petita acusatio manifesta dicho sea así un poco por lo fino. Aquí está peligrando todo, hasta el aire. Sólo falta que nos quiten también la lluvia.
Siempre oí –ignoro lo que tendrá de cierto tal afirmación– que sólo con el cobro del impuesto de radicación, consecuencia de que la sede del Banco de Santander tenga su domicilio en la comunidad cántabra, era razón suficiente para explicar el despegue económico de la antaño provincia santanderina. La pregunta, siguiendo la secuencia lógica después de lo afirmado ayer acerca de mi ignorancia en este tipo de cuestiones, es la de qué continuará pasando si el desmantelamiento que estamos padeciendo toca techo, o fondo, y aquí ya no queda nada.
Si Fenosa ya no es gallega, si Inditex cualquier día se nos va para Singapur o para las Chimbambas, si el Banco Pastor se fusiona con ese otro y tan santo como es el Popular, si Novagalicia Banco hace lo mismo con quien se la lleve al huerto, y por ahí seguido se nos va desmantelando todo. ¿Qué es lo que nos quedará y a qué nos dedicaremos?
Es de temer que más bares y restaurantes de los que ya tenemos no quepan en el país. Podríamos seguir atrayendo gentes de poder ofrecer ríos y rías limpios, con aguas depuradas, llenas de salmones y de truchas, pero ¿las tenemos?, ¿estamos en condiciones de lograrlas? La industria de la moda podría ayudar a crear y mantener unos puestos de trabajo pero ¿hay una política industrial ad hoc, como la que hubo hace unos años? Los cultivos marinos ¿son lo que fueron? Plazas de funcionarios no va a haber muchas más y ya saben que los gallegos, en una gran mayoría, estamos en las delegaciones de Hacienda, en los juzgados, en la Policía y en la Guardia Civil, en los institutos y en las universidades, y que la otra gran mayoría, de las dos o tres posibles, se encuentra en el sector de hostelería y restauración. Si ahora se nos van de las manos instituciones del orden de las citadas ahí arriba ¿qué nos quedará? ¿Las reabiertas rutas de la emigración? No tenemos un proyecto de país, al menos no se percibe. Lo poco que resta del habido se nos está yendo de las manos. Hay que ponerle freno a muchas cosas, al menos en la medida de lo posible y sinceramente no se ve cómo ha de hacerse ni quien será capaz de ponerle el cascabel al gato. Se sabe que este refunfuña y amenaza con arañar y morder con una ferocidad inusitada que se creía pretérita. Pero eso es lo que hay. O al menos lo que parece.
Escritor, Premio Nadal
y Nacional de Literatura

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