Martes 17.06.2008
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Angela Merkel no ha sido invitada a la reunión de Londres, en la que Gordon Brown, Nicolas Sarkozy y José Manuel Durão Barroso prepararon la cumbre de Bruselas sobre las medidas de reactivación económica que pretende poner en marcha esta semana la Comisión Europea.
La señora Merkel no es el señor Khol, pese a pertenecer al mismo partido (CDU), y se parece más a su antecesor en la cancillería alemana, Gerhrad Schröeder (SPD), que no es de su partido: ambos (Merkel y Schorëder) son bastante menos europeístas que Helmut Khol, y ninguno de los dos ha conseguido alcanzar el liderazgo político de éste. Y eso se nota en un momento que, como diría Felipe González, es el adecuado para medir la calidad de un gobernante.
Si se examina el panorama internacional, y dejando a un lado el protagonismo mediático del hiperactivo presidente de Francia, el premier británico es la figura política que más está destacando, después de Barack Obama, presidente electo de los Estado Unidos. Ha sido Brown el primero en tomar la iniciativa de que el Estado saliese al rescate de los bancos británicos contaminados, inciativa luego secundada por Estados Unidos, tras comprobar que el plan Paulson tal y como estaba implementado no funcionaba; también ha sido el primero en bombear dinero a las familias y las empresas para luchar contra la recesión. Hoy casi todo el mundo está de acuerdo en que a corto plazo el problema no es el déficit público, sino la recesión y la necesidad de crear un clima que propicie la recuperación de la confianza.
En el caso de España, la crisis tiene su lectura particular porque con ella ha concluido un modelo de crecimiento basado en el ladrillo, de escasa y lenta mejora de la productividad y la competitividad, lo que ha dificultado las exportaciones y favorecido las importaciones, con la consecuencia nefasta de un alto déficit comercial -sólo superado por los Estados Unidos- y, de resultas de éste, un no menos elevado endeudamiento financiero exterior.
A nivel autonómico, Galicia fue una de las primeras comunidades, a principios de 2006, en poner en marcha un modelo de crecimiento distinto al español. Con una estrategia de política económica, dentro de las posibilidades normativas y presupuestarias que le permite el marco institucional, dirigida a mejorar la productividad y competitividad, merced a acuerdos con los agentes económicos y sociales; fomentar la renovación tecnológica, operando sobre el triángulo I+D+i; impulsar la internacionalización de la empresas gallegas; y convertir el capital humano en el recurso más importante del país, tanto a través de la enseñanza superior como de la formación profesional.
Se trata de un cambio de un enorme calado que, dadas las dimensiones del mismo, precisa un período de tiempo superior a una legislatura para ejecutarlo y sentir sus plenos efectos. Aún así, la propia crisis está permitiendo comprobar que el nuevo modelo va en la dirección correcta, y está siendo capaz de amortiguar los golpes sobre el PIB y el empleo mejor que en otras comunidades autónomas donde el viejo modelo no fue sustituido. En este sentido, el papel político que ha jugado y está jugando Emilio Pérez Touriño es decisivo y, al margen de partidismo, hay que reconocérselo.

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