Domingo 16.11.2008
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EL AMOR en una pareja está lleno de extrañas e insolubles complicaciones. Dependiendo de la escuela psicológica-filosófica del terapeuta al que pregunte la pareja en cuestión obtendrá las más diversas respuestas.
Así, un psicoanalista freudiano empezará a hablarles de masoquismo, apego neurótico a una madre castradora, dificultades de superación del complejo de Electra o del complejo de Edipo, fascinación morbosa por lo de calidad inferior...
Estos y otros motivos serían las explicaciones del amor del hombre o de la mujer en cuestión y, de la misma manera, la razón de que su amor sea insoportable.
Si se dirigen a uno de esos autodenominados científicos psicólogos cognitivo-conductuales empezarán a entrar en un mundo de recompensas, castigos, pensamientos disfuncionales, ingenierías del comportamiento, reestructuraciones cognitivas, abstracciones selectivas, generalizaciones...
Como seguramente todos estos términos les parezcan demasiado técnicos y reduccionistas para algo tan natural y mundano como el amor, visitarán a un psicólogo humanista que los apaciguará poniendo el énfasis en lo único y personal de la naturaleza humana, en la trascendencia del ego y en la importancia de una comunicación en la pareja que implique el reconocimiento del otro como tal... Fantástico. Todo vuelve a ir sobre ruedas. Pero pasa el tiempo, y uno de los miembros de la pareja se siente cada vez más a disgusto. No sabe qué le ocurre.
Cree que el problema está en sí mismo y decide visitar a un nuevo terapeuta.
Cuando sale de la consulta el chico está maravillado.
Ha encontrado la explicación definitiva de su desdichada relación:
"No me aprecio a mí mismo. No puedo apreciar a nadie que me aprecie. Sólo puedo apreciar al que no me aprecia".
Ahora sí que la hemos liado...
En realidad, hace unos cuantos años el humorista norteamericano Groucho Marx ya había expresado la misma idea:
"Ni por asomo se me ocurriría hacerme socio de un club que estuviese dispuesto a aceptarme como tal".
Y si retrocedemos aún más en el tiempo, el excepcional escritor ruso Fiodor Dostoyevski ya nos advertía que el texto bíblico "ama a tu prójimo como a ti mismo" debía entenderse al revés, es decir, que sólo se podrá amar al prójimo, cuando uno se ame también a sí mismo.

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