Domingo 16.11.2008
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Un primer ministro que tras una experiencia de cinco años en el poder se atreve a menospreciar el protocolo internacional y da un largo plantón a varios jefes de Estado, incluyendo al Rey de España, posee una personalidad única, sorprendente y quizás admirable.
Uno de los motivos que hacen tan pretenciosa la Corte británica es su culto a la puntualidad y al solemne ceremonial que encabeza la Reina del país. Por el contrario, resaltamos como campechanos al rey Juan Carlos y a la veintena de jefes de Estado, de Gobierno o sus representantes, que en la reciente XIX Cumbre Iberoamericana de Estoril esperaron a José Luis Rodríguez Zapatero tres cuartos de hora porque decidió saltarse sus compromisos protocolarios para ver hasta el final el partido Barcelona-Real Madrid.
Debería estar presente en un acto oficial a las ocho de la tarde con el Rey y los representantes iberoamericanos, pero los plantó obedeciendo a unos intereses ideológicos y políticos superiores: su barcelonismo y antimadridismo.
Contó el hecho afeándole su conducta un testigo presencial, Hermann Tertsch, en una crónica titulada Nuestro Gran Timonel forofo en el diario ABC.
Otras personas dijeron que le faltó al respeto a los mandatarios de muchos países, incluyendo al Rey, como si su actitud no fuera disculpable por haberse comportado como es él, un hombre de talante alegre y faldicorto, antropológicamente optimista. Fue la acción lógica de un primer ministro desinhibido, como Chávez o Gaddafi.

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