El Correo Gallego

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LOS REYES DEL MANDO

JOSÉ MIGUEL GIRÁLDEZ

Periodismo, o sea

18.05.2018 
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AHORA que el periodismo no deja de reescribirse cada día, atenazado por este tiempo presente impredecible y no pocas veces hostil, escribimos el obituario de Tom Wolfe y lamentamos la pérdida de su distinguido porte. No todos nos pondríamos sus trajes blancos, pero, por supuesto, Wolfe era más que un dandy orgulloso de su trabajo. Es fácil quedarse hoy con su indumentaria y con su poderosa imagen mediática, algo que Wolfe, evidentemente, provocó: hizo que todo el mundo hablara de él. Pero, a pesar del desprecio contemporáneo por los intelectuales, convendría fijarse en su obra. Por los informativos pasa Tom Wolfe, ya con muchos años, fotografiado en unas escaleras de mármol. Su sombrero azul, el pañuelo delicadamente doblado en el bolsillo superior de la chaqueta, bastón y pajarita a juego. No he visto a un periodista así desde Truman Capote. El Nuevo periodismo nació precisamente de una compilación de textos que en 1973 había editado el propio Wolfe junto a E. W. Johnson. Pronto se tomó como un manifiesto de una manera renovada de contar la realidad. La mayoría terminó en la ficción, y desde luego Truman Capote era uno de ellos. Probablemente, con ‘A sangre fría’ empezó todo. Ahora sabemos que muchos de los que Wolfe consideró dignos de ser calificados como adalides del Nuevo periodismo, que él reunió bajo una etiqueta tan eficaz, aparecen hoy como grandes de la narrativa norteamericana de ficción y no ficción: de Norman Mailer a Michael Herr, de Hunter S. Thompson a Gay Talese. Talese es, virtualmente, el heredero actual de toda esta corriente de periodistas.

No soy aficionado a las etiquetas. Ni siquiera a la del ‘New Journalism’, que Wolfe solía atribuirse. Creo que el impacto de los grandes medios proyecta su sombra alargada sobre grandes periodistas locales de los que nadie hablará cuando hayan muerto. Pero es cierto que los grandes medios siempre estuvieron ahí. Y hablar de Tom Wolfe implica hablar, unas veces bien y otras no tanto, de ‘The New Yorker’, ‘Esquire’, ‘Rolling Stones’… y, por supuesto, de las grandes cabeceras de los periódicos norteamericanos más emblemáticos. La mayoría de estos periodistas incorporó técnicas de la ficción a la no ficción. Pero no lo hicieron peligrosamente (como lo hacen ahora algunos). Simplemente creyeron en el periodismo literario. 

Los que conocieron a Wolfe, y algunos de sus más grandes colegas, como Gay Talese, creen que contribuyó a crear el nuevo estilo de las revistas y los suplementos. Los añadidos literarios o sociales a los periódicos inauguraron una forma de escribir más libre que se mantenía fiel a la realidad, pero que a menudo incorporaba al autor en primera persona. Importaba lo que se decía, claro está, el caudal informativo: pero la forma de narrar era decisiva. La atmósfera, la elección de las palabras. Nos hizo comprender que la pirotecnia verbal no tenía por qué esconder la verdad. La información de pronto se extendía más y más, para gozo del lector. Wolfe siempre creyó que el mayor enemigo del periodismo era el aburrimiento. “Desarrollamos el hábito de estar con la gente de la que íbamos a escribir durante varios días. A veces, incluso semanas”. Ese era el secreto de aquello que parecía ficción, y que, sin embargo, era fiera realidad.