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Martes 17.06.2008      Hemeroteca web  |  RSS  RSS

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CARLOS LUIS RODRÍGUEZ

a bordo

El precio del pasado

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No tener pasado es una de las ventajas con que cuenta todo aspirante en la carrera del poder. Eso le permite subirse al ring de un debate con la confianza que da el saber que no hay en su biografía un talón de Aquiles adonde el adversario pueda dirigir sus flechas. No es el caso de Rajoy, ex de muchas cosas y varios ministerios.

Zapatero no tuvo enfrente a un rival en su mejor momento de forma, sino a alguien que ha tenido que sobrellevar la pesada carga de una derrota, mantener la moral del partido y conducirlo en una dura travesía por el desierto. Las elecciones de don Mariano eran las pasadas. Era entonces el hombre idóneo para recoger la herencia de Aznar y administrarla con prudencia.

Ahora el contrincante adecuado para vestir los colores azules del PP hubiera sido ese político sin pasado ministerial en cuyos labios sonara bien la palabra cambio. Frente a alguien así, Zapatero sería el representante del pasado, obligado a dar cuentas en exclusiva del pretérito imperfecto. Tratándose de Rajoy, no había solamente un único pasado que examinar, sino dos.

En eso consistió gran parte de la estrategia zapateril. Una y otra vez recordó al Rajoy ministro de Administraciones Públicas, de Interior, de Educación, más con idea de dejar claro que llegaba muy usado a la cita electoral, que para reprochar sus políticas. Lo importante para el socialista era fijar la idea de que la propuesta actual del Partido Popular enlaza con el pasado, es una continuación del aznarismo, una revancha.

El error de don Mariano fue entrar a ese trapo rojo y defender gestiones que están amortizadas en otras elecciones. Su acierto, insistir en las versiones contradictorias que hemos conocido de un zapaterismo que entra en el Gobierno con una mezcla de osadía e ingenuidad, para despertar del ensueño con la bomba de Barajas.

El debate se convierte así en una lucha de los dos hombres contra sus pasados menos lucidos. El ministro polivalente de Aznar, contra el Zapatero que se inspira en Maragall, se fía de Carod o ve en Otegi un hombre de paz. Ambos empeñados más en asegurar su parroquia más fiel que en seducir a la del adversario o echar la red en el indeciso al que todos los expertos atribuyen la responsabilidad de romper la igualdad.

Es muy raro que el forofo de un equipo aplauda la jugada de un contrario porque no se acude al campo a presenciar objetivamente un partido, sino para ver cómo ganan los nuestros. En estos años, la democracia española se ha futbolizado dando lugar a hinchadas entre las que es muy difícil el trasvase. Entre el PSOE y el PP hay tantas posibilidades de intercambio de electores, como entre el Celta y el Dépor.

De ahí que haya que diferenciar el resultado del debate de sus consecuencias. El presidente demostró más soltura y más habilidad para incidir en esa vinculación del popular con el pasado. Supo presentarse como víctima de un acoso despiadado y diluir sutilmente sus fracasos en política exterior, autonómica o antiterrorista.

Aunque incisivo en muchos momentos, Rajoy no estaba en su terreno, se le perdía la mirada y perdía el ritmo para defender lo que hizo como ministro. Ni fue el Aznar del memorable debate con González, ni lo que hubiera podido ser en la misma tesitura un candidato sin pasado.

Pero otra cosa, como decíamos, son las consecuencias. Seguramente nada se ha movido en el subsuelo electoral. Celtistas y deportivistas seguirán fieles a sus colores, manque pierdan.

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