Domingo 12.02.2012
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Aunque los actores eran distintos y el temario se circunscribía al ámbito gallego, corría el peligro de que el debate de anoche en TVG entre Emilio Pérez Touriño, Alberto Núñez Feijóo y Anxo Quintana estuviese contaminado por el protagonizado cuarenta y ocho horas antes por José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy Brey. Una contaminación que todavía no había tenido tiempo de disiparse en la opinión pública, por la proximidad entre los dos acontecimientos y por el efecto resaca, donde los pareceres ya han sido bastante moldeados por los estados de opinión creados por los medios informativos y las organizaciones políticas.
Casi era inevitable que ocurriese, pero no fue así. En cambio, eran evitables algunos errores gestuales y de oración como los cometidos por Zapatero y Rajoy, siempre y cuando los Touriño, Feijóo y Quintana no estuviesen maniatados por la ortodoxia de los estrategas de campaña, por sus propios reflejos condicionados y por esos nervios de tripas que es menester domeñar para ocultarlos a los ojos escrutadores -e implacables en su función delatora- de las cámaras. Cosa nada fácil. Hubo más nervios al principio que al final, y los tonos de los tres fueron mesurados, sin caer en descalificaciones personales. Hay que felicitarse por ello.
A fin de cuentas el sintagma de la televisión es la imagen. Una cuestión que trae de cabeza a los políticos y a sus asesores desde que en 1939 Frankin D. Roosvelt se convirtió en el primer político, desde luego en el primer presidente de los Estados Unidos, en aparecer en una pantalla de televisión.
El debate de la TVG obligaba a dos reflexiones que van más allá de la valoración puntual de los intervinientes y del cúmulo de puntillosidades que debieron superar las partes para ponerse de acuerdo en el cómo.
La primera era la probabilidad de que el acontecimiento televisivo animase a una mayor participación electoral, aunque sólo sea de unas décimas, lo que en principio favorecería más al PSOE y al PP, y menos al BNG, sin embargo, Quintana conjuró ese peligro con una intervención milimétrica y ajustada en el ritmo al medio televisivo.
La segunda, y no menos importante, era que este debate a tres bandas podría ser tanto un ensayo, en clave de los comicios gallegos, de posteriores combates televisivos, como el preaviso escénico de que los resultados del 9 de marzo quizá animasen a Touriño a recortar la actual legislatura. Aunque teniendo muy en cuenta las previsiones de coyuntura sobre la evolución de la economía gallega y, obviamente, los efectos que provocaría el adelanto en el PPdeG y el Bloque. A través del espejo de la TVG, no se ha detectado el más leve síntoma de que el presidente trabaje en esa dirección, de momento.
Obligadamente el debate tenía que estar planteado en clave de política gallega, pero no podía ir más allá de lo que es y alcanza. Probablemente el formato que anoche vimos no sea el más adecuado para que los líderes no sobrevuelen los temas y no se queden en la retórica de las consignas y de las cifras. Da la impresión de que el hecho de que no fuesen las elecciones gallegas, de que cada uno de los tres no estuviese jugándose su futuro, le restó tensión y vivacidad a una controversia, en la que el que mejor comunicó fue Anxo Quintana. Con lo que, en cierta medida, acabó saliéndose con la suya.

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