Domingo 16.11.2008
Hemeroteca web
|
RSS
La muerte del justo da paz. Lo verifiqué la otra semana en las exequias de una persona cuya familia se vio acompañada de amigos que nada ganaban con un viaje tedioso y un funeral. Después de la Misa y del entierro se deslizaron frases que pensábamos olvidadas y recuerdos que saltaron por encima de años en blanco. Uno de los deudos me evocó una conversación perdida: "Cuando en la Quintana me dijiste que si renuncias a recibir y practicar la misericordia no te queda nada". No me reconocí en la frase pomposa y en la expresión lapidaria. Pero la dije.
La experiencia de la vida dulcifica lo vivido y lo que era odioso se vuelve indiferente. No fue así, sin embargo, cuando en 1977, celebramos en mi instituto un almuerzo conmemorativo del 50º aniversario de su creación. A los postres saltaron las llamas de los dos bandos de la contienda de 1936 entre los antiguos alumnos. Los organizadores del encuentro, de una generación y media más joven que los disputadores, verificamos que todavía había, sí, dos Españas y que faltaba yodo y agua oxigenada para restañar heridas que a nosotros ya no nos alcanzaban. Sentimos bochorno pero ¿qué hubiéramos hecho los más jóvenes de haber estado en el pellejo de aquellos veteranos?
Me quedo con la satisfacción pequeña de los reencuentros entre compañeros de juegos, de mili, de carrera. Cuando hay poco de que disentir y el perdón ha operado cuando convino.

Vómitos en el casco viejo santiagués
Fuente que no mana en Compostela
El río Sarela recibe vertidos blancos
Un cajero compostelano pintarrajeado