Domingo 16.11.2008
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No es fácil ser articulista y mantenerse vivo. Si te desenvuelves en ambientes de paz, sucederá que lo que escribes no motiva suficientemente la lectura; pero a poco que te pases, los lectores o algún otro que maneje la pluma pueden hacerte una herida incurable. Sin embargo tú, Alberto, te has mantenido en pie hasta que otras causas te han llevado a la cama. Y aun así has hecho honor a tu primer apellido, comportándote mucho tiempo como un Mozo; y cuando algún mal proveniente de afuera te invadió, no pudo de inmediato contigo: a pesar de las limitaciones, madrugabas todos los días, continuabas caminando por la mañana, y conversabas con los que encontrabas por el camino, contagiando optimismo y alegría.
Te costó mucho la jubilación, el dejar tu trabajo. Habías estado atendiendo a los más necesitados, a los que ofrecías tus conocimientos y a quienes agradecías su aprendizaje. En A Barcia pasaste muchos años, con tu trabajo abnegado, que contagiaba esperanza. Una y otra vez recordabas tus años de estudio en La Salle, y agradecías a Dios, a tu familia y a los Hermanos, lo que allí habías aprendido. Fácilmente sacabas en la conversación lo aprendido de Casimiro Torres Rodríguez, aquel hombre de bien, sacerdote zamorano, afincado en Compostela y bibliotecario por vocación. Estabas en lo cierto cuando decías que, a su lado, te habías familiarizado con algunas expresiones latinas y con un modo muy sensato de afrontar la vida. Sin duda, como hizo con los jóvenes que le ayudaban en la biblioteca del Seminario, habrá sido también generoso contigo: como diría él, con "el Sr. Mozo Cajaraville". Pero, como los años no perdonan, él, que era mucho mayor que tú, ya nos había precedido en su marcha hacia la eternidad.
Unos años antes de tu jubilación, estabas ilusionado con la casa que preparabas para tu familia. En la Herradura, al pasar junto a ella, te detenías y ponderabas aquel lugar en el que la vista se deleitaba con las flores de los rododendros y de las camelias. Sin duda era aquel un sitio privilegiado. Sabías que lo importante era lograr un ambiente de paz y de gozo para la familia, que ayudara a los tuyos a lograr felicidad y esperanza.
Pero sabías que tu vida tenía horizontes más lejanos. Aunque no esperabas alcanzarlos tan pronto, siempre mirabas más allá. No era extraño el verte por la catedral. Con frecuencia te detenías allí, y nunca salías de ella sin contemplar el Pórtico de la Gloria. La obra cumbre de Mateo te confirmaba en tu condición de compostelano y de persona llamada a realidades sublimes. Yo no esperaba perderte tan pronto, y tu muerte me sorprendió fuera de nuestro país; pero Dios, que lo conoce todo, habrá estado atento a recibirte. Esperamos que Él, en una especie de periódico que enlace el cielo con la tierra, te publique algún artículo en el que nos enseñes a amar a la familia, a gozar de la naturaleza, a dominar nuestro físico y a transmitir nuestros conocimientos y vivencias, para hacer de Santiago, de Galicia y de todo el mundo, un centro de fraternidad y de esperanza en la vida, una vida que comienza aquí y que se prolonga en el más allá.

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