Domingo 16.11.2008
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SE HABLABA ayer aquí de los tan frecuentados lugares comunes y de los colores en los que suelen ir envueltos quienes concurren a ellos, quienes utilizan esos colores para, a partir de ellos, ensalzar o denostar a aquellos que transitan por lugares no tan concurridos como los suyos propios, vestidos de esos mismos o de otros y más atravesados, tenues o ligeros, o incluso plúmbeos cromatismos.
A tal efecto se habló de celtistas y de deportivistas. Es innecesario advertir que la referencia implícita iba dirigida a esos dos únicos colores que al parecer gobiernan y dirigen nuestras vidas. Costaría más trabajo añadir que iluminan nuestras vidas, dadas las restricciones a las que, precisamente ayer, hacíamos alusión. ¿Cuáles colores? El rojo y el azul, amigos míos ¿A que no se lo imaginaban?
Lo que resulta realmente interesante de quienes así proceden, de quienes ensalzan o condenan a partir del color del ropaje intelectual que visten o que afirman vestir, porque esa es otra, suele ser el color del que se adornan y casi nunca lo que el color tapa: la indigencia intelectual del así autocoloreado; la letra, no la música con la que cada uno pone a tono e interpreta la melodía que debería ser común.
Lo que más me llamó la atención cuando viajé a Isla de Pinos, ahora Isla de la Juventud, en compañía de altos dirigentes de la dictadura castrista -hace años que ya no me atrevo a escribir de la revolución castrista, tampoco régimen castrista- fueron las expresiones que utilizaban: exactamente las mismas que aquellas a las que recurrían aquí los miembros de la parte de mi propia familia que apoyaban la dictadura franquista al pretender justificar lo injustificable: ¡para esto el Cerro de los Ángeles! ¡para esto no hicimos una guerra! Sólo que donde aquí se decía cerro, se decía allí Sierra Maestra o Cuartel de la Montaña; en esencia, lo mismo.
Estos estados de anquilosis intelectual suelen producirse después de mucho tiempo sentado en el machito; quien haya cabalgado algo en su vida sabe bien cómo quedan las piernas después de un largo recorrido montado sobre ese animal que, en gallego, denominamos besta. A ellos me remito. Quizá ya sea este el momento, el ansiado momento, en el que empiecen a ser llamadas las cosas por sus nombres y tanto izquierda como derecha empiecen a considerar que muchos más colores que esos son los que tiene el espectro cromático y que conveniente será el tenerlos muy en cuenta. A partir de ahí empezaremos a considerar los colores en sí mismos, los sistemas de ideas en sus esencias respectivas, y no a condenarlos a ellos y a quienes en ellos profesen sin mayor ni mejor recurso que el de teñir de mierda el color contrario por el mero hecho de suponer o decidir que ese sea el que conviene al que está diciendo algo que nos contraría, aunque poco o nada tenga que ver con la atribución que hacemos. Ojalá los tiempos de pensamiento cómodo estén empezado a concluir. Treinta años, en un caso, bastantes más en el otro, son ya más que suficientes como para haber agotado el recorrido y haber sido desvastados los lugares comunes más frecuentes.
Escritor, Premio Nadal
y Nacional de Literatura

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