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Martes 17.06.2008      Hemeroteca web  |  RSS  RSS

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CARLOS LUIS RODRÍGUEZ

a bordo

Saben lo que hacen

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He aquí una de las grandes obsesiones de Steiner, Arendt y otros pensadores enfrentados al fenómeno del totalitarismo. Se preguntan cómo es posible que entre los instigadores de fascismos y estalinismos haya gente ilustrada, culta, con gustos refinados, amante de la buena música y la buena literatura. ¿Acaso los conocimientos no sirven de dique en contra de ideas que conllevan el odio hacia el discrepante, de teorías cuyo atractivo es la simpleza?

La pregunta podría volver a formularse ahora que se está a la espera de la sanción a los matones que boicotearon y amenazaron a María San Gil en pleno recinto universitario. No proceden de ningún lumpen, ni tienen tras de sí una experiencia de niños dickensianos que los arroja inexorablemente en manos del radicalismo.

Son estudiantes. De Derecho, Políticas, Periodismo, Económicas e Historia. Ni la ley, ni la política, ni el periodismo, ni la economía, ni tampoco la historia, podrían sobrevivir en un régimen como el que ellos predican. La propia Universidad no tendría sentido en su anhelada dictadura galaica. Viven y estudian en una democracia, y sin embargo son un raro vestigio del franquismo.

Sería tranquilizador que todos ellos fuesen marginales, o adolescentes descarriados. Se podría decir entonces, mirando hacia el juez o el rector, perdonadlos porque no saben lo que hacen. Pero estos sí lo saben. Tienen a su disposición conocimientos suficientes para distinguir la defensa de cualquier posición, de la censura totalitaria. Saben de sobra que lo que hicieron ese día en Económicas no es original, sino una copia de situaciones del pasado.

Por desgracia, no son herederos del Venceremos Nós, sino de las bandas ultras que entraban en la Universidad para reprimir los brotes de libertad. Y se parecen también en su desvergüenza. Así, un responsable de la organización a la que pertenece este nuevo facherío se muestra convencido de que no les pasará nada.

O sea, el capo se siente protegido por una impunidad similar a la que disfrutaba la ultraderecha que visitaba de vez en cuando las facultades para recordar quién mandaba. ¿Tendrá razón? Si todo queda en nada, si la justicia y la Universidad no son capaces de encontrar nada sancionable en unos hechos de los que quedó constancia en imágenes, habrá que admitir que sí.

La protección del fanático que actúa en regímenes dictatoriales, está claro de dónde procede. Es el propio poder el que alienta o tolera los desmanes, para alargar un poco su ya largo brazo. En otros contextos (el vasco por ejemplo), existe un notable sector social y político que ve en estas intimidaciones una forma lícita de lucha.

En Galicia, no existe una cosa ni la otra. Todo el mundo sabe que estos sujetos son insignificantes en el país y en la Universidad, y sin embargo actúan con desfachatez y están seguros de que sus amenazas les saldrán gratis. Se basan en la experiencia. Han aprendido que abundan los que prefieren mirar para otro lado, y los que temen que atacar a algo que lleva un sello independentista te convierta en pobre apestado.

Los matones se aprovechan en fin de los complejos que subsisten en nuestro inconsciente colectivo. Son como aquellos dirigentes mafiosos americanos que enarbolaban su italianidad, para acusar a sus perseguidores de enemigos de lo italiano. Tras esperar que la impunidad no se consagre, volvamos a preguntarnos por qué la formación, la cultura, el conocimiento, no son antídotos para el odio a la libertad.

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