Domingo 16.11.2008
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SE FUE José Luis Baltar, a su casa y porque quiso, cuando él quiso y como quiso. Lo empujaron muchas veces a esa decisión y siempre lo tuvo claro y siempre lo advirtió. Muy poca gente es capaz de hacerlo. La oposición no ha sabido argumentar de modo distinto a como lo ha venido haciendo desde siempre, desde siempre que es oposición, porque, también siempre, cada vez que ocupó el poder y mutatis mutandis se comportó de igual modo. ¿Por qué mutatis mutandis? Pues porque, efectivamente, nunca estuvieron a su altura. Ni unos, ni otros. ¿Por qué ni unos ni otros? Pues porque desde su partido lo que le sobraron fueron empujones. "Ya me cargué a estos dos", me dijo a mi un día El Finado, ahora voy a por los otros dos. Y fue. Con el de Lugo lo consiguió. Con Baltar, no. Cuando Baltar estudiaba ayudándose con su trabajo de cobrador en los coches de línea, los buses que se les dice ahora, se sabía los nombres de todos los viajeros, sus lugares de residencia, quiénes eran sus familiares y cuando alguien necesitaba ayuda para llevar y traer recados, bajar o subir una maleta, ascender a la baca del autobús, pues entonces la baca era un lugar en el que se viajaba, Baltar ayudaba a todos, fuese de la cuerda que fuese, y todo el mundo confiaba en él. Siguió haciendo lo mismo durante toda su vida. Cada vez que, desde el llamado y considerado mundo de la cultura, alguien recurrió a él, nunca negó ni su atención, primero, ni su ayuda después; al menos de modo que quien escribe pueda tener noticia de ello. Bien por el contrario, sí la hay y bien reciente, pues no pocos lo han escrito así en los periódicos. No se la negó ni a sus enemigos, aquellos que le habían negado el pan y la sal públicamente. Quienes han aludido a su origen o a su condición de titulado de grado medio, los que han escrito maestro nacional (algo que se lleva a mucho orgullo) cuando ahora se les llama profesores de EGB, se han definido a sí mismos, nunca a él, si eso era lo que pretendían.
Lo que no puede admitirse es que si es cierto que el alcalde de Lugo no se pierde un velatorio, un pésame o un funeral, eso sea considerado una comprometida expresión de solidaridad social y ciudadana y cuando lo hacía Baltar, si es cierto que lo hacía, sea electoralismo, clientelismo o propaganda electoralista. La superioridad moral no la marca la ideología que se profesa, sino las actitudes y los hechos que mantienes, primero, y los hechos que de ellas se derivan, después. Lo demás son aproximaciones de la sardina a la brasa propia. Se ha ido Baltar como muy poca gente empeñada en la cosa pública puede hacerlo. No ha sido ni la muerte política, ni la natural, ni la decrepitud o la enfermedad, tampoco los votos o el comité de disciplina del partido, ni el juez que lo inhabilitase para el ejercicio de la cosa pública quienes lo han empujado a esa decisión sino su voluntad libérrima. Con independencia del sistema de ideas al que cada quien se acoja, parece que esta es una ocasión de gozo, de celebración de que haya quien haya podido, sabido y querido proceder así.
Escritor, Premio Nadal y Nacional de Literatura

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