Domingo 16.11.2008
Hemeroteca web
|
RSS
Usted entra en el palacio de la Moncloa y le pide al presidente del Gobierno una Ínsula Barataria, una prebenda, una subvención, carreteras, puentes para zonas sin ríos, y él siempre le dirá que sí. Es Santa Claus, el afrancesado Papá Noel, los Reyes Magos, el Olentzero para los nacionalistas vascos, el honorable Caganer para los catalanistas, y para los visitantes de Galicia quien les prometerá oro, incienso y mirra por recitarle poesías en gallego. Y no es porque estemos en Navidades, para él las fiestas del solsticio de invierno, sino porque es dadivoso en palabras. Ofrece dar todo lo que le piden y, además, trabajo, riqueza, brillante futuro. Usted se ahoga, reclama un salvavidas y envía un transatlántico tripulado por banqueros que enfilan el botín hacia la Isla de Man. Pero la buena voluntad queda demostrada.
Solamente le entrega realidades a los gobiernos más leales, como el andaluz, o a los que necesitan coalición con nacionalistas. A los demás les dona sacos con promesas con tan buenas palabras que sus interlocutores se vuelven niños ante los Reyes Magos de los grandes almacenes. "¿Vas a ser buena Esperancita?", le pregunta a una niña apellidada Aguirre. Ella asegura que sí, por lo que él le promete que saciará sus arcas de juguetes. Luego pasará de largo ante su casa, como siempre, pero entre la promesa y el desengaño hay un tiempo en el que todas las niñas como Esperancita y los niños como Paquito Camps, el valenciano, retozan felices esperando los regalos. Aunque está arruinado y no puede cumplir, él siempre dice sí, incluso a Rajoy, y hasta ha engañado en las entrevistas a su admirador Iñaki Gabilondo, arrepentido ahora por creer sus fantasías.

Vómitos en el casco viejo santiagués
Fuente que no mana en Compostela
El río Sarela recibe vertidos blancos
Un cajero compostelano pintarrajeado