El Correo Gallego

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CARLOS LUIS RODRÍGUEZ

Y silbábamos a Piqué

15.06.2018 
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LLEVAMOS tiempo examinando los gestos de Piqué para encontrar la prueba irrefutable de la traición a La Roja. Ese gesto cabizbajo mientras se interpreta el himno, al estilo de los atletas del Black Power, pudiera ser un dato revelador. ¿Y el escudo de la camiseta no suele llevarlo descolorido? Por no hablar del fallo en el marcaje, en apariencia un lance más del juego pero en realidad un sabotaje a la selección. El patriotismo oficial hace tiempo que vio en el defensa del Barça un caballo de Troya enviado por alguien interesado en minar nuestra seña de identidad balompédica. Solo falta obtener una prueba que, a día de hoy, sigue sin aparecer.

Así que todo el mundo centraba las suspicacias en él, mientras se preparaba el gran misil contra el combinado patrio desde un lugar inesperado. No ha sido Kim Jong-un quien apretó el botón ni tampoco Bartomeu sino Florentino. La estela no es blaugrana sino merengue. El topo no se llamaba Piqué sino Lopetegui. Quienes sean seguidores de Le Carré no se habrán asombrado demasiado porque en sus tramas rebozadas en sutileza británica, la apariencia nada tiene que ver con las corrientes profundas de la historia. Aquí el centro de la trama también se ubica en la Casa Blanca.

Si ustedes se preguntan qué hace este modesto comentarista usurpando competencias que pertenecen a los compañeros de Deportes, les diré que esto tiene aire de metáfora. La Casa Blanca no ha tenido reparo en dinamitar el equipo nacional en vísperas del debut, a pesar de alardear de su españolismo y jugar a ser el contrapeso del nacionalismo barcelonista. Buena parte de la devoción madridista existente en las tierras de España se debe a que el club es visto como la réplica a un Barcelona que interpreta lo de ser "mès que un club" como una disculpa para erigirse en órgano del catalanismo. Pues ese mito se cuartea con una maniobra que tiene pocos precedentes en el mundo del fútbol, y ante la que mantienen un silencio ensordecedor los principales inquisidores que señalaban a Piqué como hereje.

Era lo que le faltaba a esta patria de la que oímos su aflicción. Por si no fuera poco que el president T­orra quiera irse de la España constitucional, ahora llega Florentino para boicotear la España balompédica. El independentismo descansa en la idea de que lo español es un estorbo, y lo mismo piensa la directiva del Madrid de la selección. El club blanco declara de forma grosera su independencia, sin que sea probable que la federación le aplique un 155 o conduzca a los responsables a Estremera.

Visto lo visto habrá que desconfiar también de los patriotismos políticos solemnes que se fijan en lo accesorio y olvidan lo fundamental, no vaya ser que bajo la bandera se oculte otro florentinismo. Volviendo al maestro de la intriga, Le Carré tiene material de sobra para un jugoso argumento en el que president y presidente se ponen de acuerdo para atacar los símbolos sagrados de la unidad nacional. Quién sabe. No sería raro que el grito tradicional de los festejos catalanistas se complete con otro, y que tras el ¡Visca Catalunya! de rigor se oiga un ¡Hala Madrid!. Perdónanos, Piqué.

Periodista